El fracaso
escolar y los rótulos
Dr.
José R. Kremenchuzky (Médico Pediatra)
La pauperización
en el área de la salud ha provocado en los sistemas un desplazamiento
de la inteligencia médica, siendo ésta reemplazada por
la sobreutilización de tecnología y de fármacos.
Se deterioraron las condiciones de trabajo de los que quedaron dentro
del sistema y se expulsó a la experiencia de la práctica
médica.
Esta situación genera dificultad para ver al sujeto, entendido
éste como producto de una complicada trama de articulaciones.
Las mismas abarcan desde los cuidados corporales y el baño
de lenguaje recibidos a partir del nacimiento, hasta el entretejido
con la historia de generaciones familiares previas y con la particular
reacción de cada ser frente a estos estímulos, o a su
ausencia. Compleja gama de relaciones que se irá inscribiendo
en el cuerpo y en el psiquismo de cada individuo configurando su estructura.
Hablamos de visualizar al sujeto, que deberá interactuar y
reaccionar con las nuevas situaciones y relaciones personales que
la vida le vaya presentando.
En
una situación como el fracaso escolar, no existirá una
única etiología, sino más bien un entramado de
causas y consecuencias en las que el niño queda atrapado.
Dentro de ellas deben ser evaluadas:
- la normalidad neurosensorial.
- la estructura psíquica.
- la familia con su posición frente al estímulo por
la investigación y el aprendizaje (interés, desinterés,
sobrexigencia, elección de escuela apropiada a las posibilidades
de cada niño, etc.).
- las dificultades específicas del área del aprendizaje
como la dislexia, la discalculia o la dispraxia.
Factores
todos ellos que se entrelazan, por lo cual se requiere de una compenetración
profunda con la situación; prestar atención a cuestiones
sutiles para determinar qué es lo que está incidiendo
con mayor énfasis en un determinado momento para ir ajustando
las estrategias de trabajo a cada situación.
¿Es el déficit atencional un motivador per se
de las dificultades escolares, o sólo el síntoma de
un niño cuya problemática no le permite mantener la
atención en el nivel que se le requiere?
Tal vez nosotros, con nuestro “déficit atencional”
hacia nuestro paciente, estamos viendo nada más que la consecuencia
de un problema que no hemos investigando adecuadamente.
En los tiempos actuales se es más proclive a tapar las faltas
con certezas. Se proponen nuevas formas de catalogar y de rotular
las dificultades, desdeñándose la implicancia de la
subjetividad, es decir, de lo constitutivo de un sujeto: su singularidad.
A lo largo de la historia vemos aparecer de pronto entidades clínicas
que lo explican todo. Así lo que en su momento fue la Disfunción
Cerebral Mínima hoy es el Déficit Atencional.
Esta modalidad de dar rápidas explicaciones y obturar las preguntas
y los replanteos, impide la investigación y la búsqueda
del entramado particular.
Es un camino más fácil que aceptar un no saber, que
nos mantendrá en alerta y en la posibilidad de encontrar la
pista que nos lleve a un cambio de posición.
Cada vez con mayor frecuencia, se impone la tendencia por la cual
niños con diversos padecimientos entran en algún tópico
del DSM IV. Una vez uniformado en ese criterio se podrán elaborar
rutinas, todas iguales, para cada niño-problema rotulado como
“ADD”.
De esta manera se darán indicaciones con las técnicas
para aumentar el tiempo de concentración: ordenar los juguetes,
programar las tareas, rutinizar horarios y actividades, alejarlo de
la ventana para que no se distraiga con los pajaritos, y se lo medicará
regularmente con un estimulante como el metilfenidato.
Todo el mundo contento, porque por fin un “moderno especialista”
ha explicado a los padres que el problema del niño es neurobiológico,
por falla de un transmisor neuroquímico o su receptor, y que
el déficit de este se debe a una afección genética,
dado que en la historia familiar siempre se encuentra algún
padre, abuelo o tío al que le iba mal en la escuela.
El especialista estará satisfecho porque posee todas las explicaciones
que requieren los padres, se dedicará a controlar la medicación
para lograr el efecto deseado y evitar el indeseable, pudiendo luego
contabilizar la estadística de niños “tranquilizados”.
Los padres sentirán alivio porque ahora saben que su hijo ES
un ADD, cuentan con una pastilla y un programa de acción que
les permite, sacando la culpa por la transmisión de algún
gen defectuoso, no sentirse más involucrados por la génesis
del problema. No necesitan ya hurgar en el entramado, en la búsqueda
de cambios dolorosos que puedan amenazar a toda una estructura que
les es funcional.
La escuela respirará aliviada, ya saben que el alumno que les
traía dificultades “ES un ADD” y pronto con las
medidas terapéuticas y las estrategias para apaciguarlo lo
podrán poner en caja, para que no moleste al resto. Sino, le
limitarán el horario escolar a lo que su “escasa atención”
lo mantenga quieto, de manera que en cuanto se disperse se lo mandará
a su casa para no “fatigarlo más”.
El niño también estará contento: ahora ya sabe
por qué no le va bien, no se puede relacionar y se porta mal:
es que tiene un problema que se llama ADD. Con el remedio va a estar
mejor, aunque si no hay cambios estará autorizado porque al
fin de cuentas él “ES un ADD”.
La industria farmacéutica también se beneficiará,
porque han encontrado una nueva aplicación a un producto que
ahora se vende en forma masiva.
Los sistemas médicos estarán también agradecidos
porque se podrán disminuir los tratamientos psicológicos
y psicopedagógicos que generan, por su extensa duración,
un mayor gasto.
La sociedad encontrando esta “solución tranquilizadora”,
disminuirá su malestar, ya que ella tampoco es responsable
por el fracaso escolar de los niños. La inequidad, el desaliento
y la desatención que se le presta a la educación nada
tienen que ver con las dificultades de estos chicos, porque las mismas
son debidas a que estos chicos “SON ADD”.
Se abre un interrogante: ¿estos manejos del orden del conductivismo
no favorecen la aparición posterior de otros síntomas,
perdiéndose la oportunidad de cambios más estructurales?
Todo anulado y tapado por este vértigo de poner sellos; de
esgrimir una verdad como la única; de no poder tolerar un no
saber, para apostar al tiempo, con la escucha y la presencia involucrada.
Intentar
comprender el padecer de cada niño implica aceptar que muchas
veces no podremos englobarlo por completo y que habrá que pedir
auxilio a diferentes profesionales, que cuenten con otro saber. Que
algunos pacientes requerirán por algún tiempo de un
enfoque más pragmático y tal vez puedan requerir una
terapéutica psicofarmacológica, que no se contrapondrá
con la búsqueda del entramado causal.
Rotularlo “ES un ADD”, con seguridad limita el enfoque
y dificulta la solución de la problemática de nuestros
pacientes.
Me resulta
útil diferenciar tres grupos de niños que se pueden
manifestar con déficit en su atención:
1.
Niños con Déficit de Estructuración Psíquica
con trastornos genéticos y/o neurológicos y/o del
vínculo temprano. Muchas veces no pueden distinguir realidad
de fantasía. A veces es una patología de borde, con
momentos de buen funcionamiento, difícil de diagnosticar.
En estos pacientes el estimulante esta contraindicado porque puede
agravar los síntomas. Algunos pueden requerir medicación
antipsicótica.
2.
Niños con estructuración psíquica lograda pero
con severa patología en el medio (inestabilidad familiar,
cambios permanentes, desorganización con falta de contención)
que los lleva al retraimiento o al sobresalto (alertas a todo pero
sin poder concentrar la atención en nada) como puede ser
en los casos de violencia y maltrato. En este grupo tratar sintomáticamente
la falta de atención no permitirá llegar a la situación
causal, por lo que el daño que está sufriendo nuestro
paciente continuará acentuándose.
3.
Niños sólo con síntomas en el aprendizaje,
por identificación con algún padre, por falta de interés
y reconocimiento de los padres, por mala elección del colegio,
por falta de adecuación pedagógica, etc. Este grupo
puede mejorar con ordenamiento pediátrico, tratamiento psicopedagógico,
psicológico y también con medicación estimulante
y tratamiento conductista, aunque con estos últimos nos limitaremos
a tratar el síntoma para lograr que se adapte a la situación
y no a que se produzcan cambios para que la escolaridad sea placentera
y gratificante para él.
En
conclusión
Todo
chico con dificultades en el aprendizaje, necesita que el pediatra
replantee su historia vital tanto personal como familiar, siendo cuidadoso
en recoger los datos que hacen a su evolución: cómo
fue su maduración motriz, el lenguaje, su sociabilización,
la elección de la escuela, la posición de la familia
y el niño frente a ella. Analizar su producción, ver
el cuaderno, comunicarse con la escuela y su maestra para ver su perfil
y las dificultades que la institución observa en el alumno;
realizar un examen físico prolijo que incluya semiología
neurológica con datos de su motricidad, de su lateralidad,
de su grafismo, de su aptitud sensorial.
Con estos elementos decidiremos la conducta a seguir, que puede ser
la de un tiempo de espera, durante el cual se reforzará el
lugar del niño frente a si mismo, a sus padres y en el colegio
(para lo que el pediatra debe tener un contacto fluido con ambos),
como también frente a sus pares. La otra posibilidad será
directamente pensar en la interdisciplina, analizando con los datos
que disponemos qué interconsultor priorizar: neurólogo,
genetista, psicopedagogo, psicólogo, fonoaudiólogo o
psicomotricista; pero siempre el pediatra como referente, participando
con el trabajo del especialista sin apartarse de su privilegiado lugar.
Dr.
José R. Kremenchuzky
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