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La dimensión iatrogénica del diagnóstico: el caso del ADD/ADHD?*

Marisa Punta Rodulfo

En la década del 70, Piera Aulagnier, enlazó de una manera creativa la noción de “violencia” con la problemática de la interpretación, mostrando la inevitabilidad de la primera para cualquier acto que implicara la segunda. Creer en una interpretación sin violencia sería incurrir en lo que Winnicott denunció repetidas veces como “sentimentalismo”, una concepción de los vínculos humanos que pretendiese excluir –o renegar- de la dimensión agresiva en ellos. La interpretación más “respetuosa” de un analista a su paciente o de una mamá a su bebé o de una amiga a otra implica necesariamente, si va a tener alguna eficacia, un mínimo de intrusión, una incidencia remodeladora de la subjetividad del otro sin la cual se quedaría en un estéril comentario “desde afuera” sin poder dinámico alguno. Esto establecido, Piera Aulagnier destaca a continuación todo el problema de “la otra” violencia, la que excede sus funcionamientos normales para poder – el término corriente es revelador – “meterse” con otro, meterse con el otro, meterse en el otro, y ejerce en cambio presiones o intrusiones o invasiones del psiquismo ajeno patógenas, malsanas, desestructurantes o mal estructurantes. Su territorio es vasto y poliforme.

Algunos años antes, también en Francia, otra psicoanalista, Maud Mannoni hizo hincapié repetidamente en la violencia del significante en la psicopatología infanto-juvenil, refiriéndose extensamente al daño producido por rotulaciones diagnósticas que acababan proporcionando una especie de identidad aberrante al niño, si bien, claro está, esto podría extenderse legítimamente al campo de la psiquiatría y de la psicopatología del adulto. Maud Mannoni nos alertó valientemente sobre lo que podía ocurrirle a un niño paseado por diversas instituciones asistenciales y escolares con un rótulo diagnóstico que lo marcaba a fuego, aprovechando para esta denuncia todo lo que Lacan desarrollara sobre los poderes del significante. En estos casos, se trataba de un verdadero “efecto del significante” que hacía que Pedrito ya no fuera Pedrito sino el “Down” o el “autista” o el “hijo de padres separados” etc. etc. Toda una sustitución metafórica–metonímica. Así nos previno del potencial iatrogénico de toda clasificación en psicopatología, sobre todo tratándose de subjetividades en curso de formación, a poco que esa actividad clasificadora o diagnóstica se manejara imprudentemente, sin precauciones, sin conciencia del peligro, lo cual desgraciadamente es muy fácil.

Siguiendo el camino abierto por estos autores y aportando las reflexiones de mi propia experiencia analítica como profesional interviniente, como supervisora, y también como docente universitaria, me ceñiré en este trabajo a presentaciones específicas de situaciones clínicas que en mi propia práctica se revelaron como paradigmáticas, lo bastante típicas como para merecer su recolección en un escrito, de intervenciones diagnósticas y terapéuticas que se demostraron como francamente iatrogénicas. En todos los casos esto determinó la posibilidad efectiva de que un niño padeciera en su vida cotidiana, y en más de un aspecto de ella, los efectos de un diagnóstico erróneo determinante a su vez de un tratamiento parcial o totalmente inadecuado, y ello a partir de una interpretación distorsiva de los hechos. En todos los casos que selecciono como típicos puede advertirse la falta de criterios de rigor científico que permitiera un control más cuidadoso de las pautas empleadas y su puesta a prueba. Es decir, se pueden advertir los efectos combinados de cierta omnipotencia – riesgo permanente en la práctica médica y psicológica – que promueve frecuentes ligerezas en los procedimientos diagnósticos, con las limitaciones que a menudo se dan en cuanto a una capacitación de post-grado excesivamente parcial o unilateral, atribuible a veces a deficiencias en la formación de grado y de postgrado, otras a una precoz identificación del colega con alguna corriente teórica cerrada, dogmática, que estrecha prematuramente su panorama, otras al peso de alguna “moda” psiquiátrica o psicológica que durante un tiempo reina indiscriminadamente (intereses puramente comerciales no pocas veces la sostienen) encasillando de modo indebido a numerosos pacientes: también se advierten con frecuencia en estas prácticas iatrogénicas la tendencia a contentarse con diagnósticos “macro”, poco específicos como tales, todo ello en desmedro de la singularidad del caso y del niño. Es este ataque, esta no consideración de la singularidad, precisamente lo que da a estas intervenciones su sello iatrogénico más decisivo y alienante.

Pasaremos ahora a la exposición y el comentario de algunos de estos casos típicos, donde se podrá notar también con frecuencia una mala implementación de lo interdisciplinario que obedece a múltiples causas. Por defecto a veces – otra modalidad de la omnipotencia en nuestras prácticas -, por mala comunicación recíproca otras, trabajando los distintos colegas como los niños en la etapa del “juego paralelo”, otras – más atribuibles – al psicólogo clínico – por desinformación o indiferencia de éste a aspectos tan cruciales de un tratamiento como la medicación que un niño tome; otras, en fin, por delimitaciones confusas de campos y de identidades como las que llevan con frecuencia a profesionales de distintas disciplinas y sin formación psicoterapéutica a embarcarse en la conducción de psicoterapias pretendidamente psicoanalíticas.

Conozco a Franco a la edad de ocho años. El episodio por el cual consultan tiene características de gravedad por el nivel de violencia incontenible ejercida por parte del niño en el ámbito familiar del cual resulta daño físico para terceros. Se me cuenta que durante él, el niño dice textualmente lo siguiente: “Yo te puedo matar si quiero, el diablo está en mi cuerpo y te está esperando”.

Cuatro años antes había sido diagnosticado por un neuropediatra como padeciendo síndrome disatencional con hiperactividad (ADHD) ¸ a partir de lo cual se le indica medicación con ritalina (medio comprimido, dos veces al día). En ese momento resulta difícil su adaptación escolar, ya que se muestra agresivo con sus pares, además se coloca el mismo en situaciones peligrosas dentro y fuera del hogar. Para ese entonces también inicia un tratamiento psicológico. Desde muy pequeño era “un niño que no podía estar tranquilo”... además “tempranamente comienza el insomnio” y desde hace un año aparecen “múltiples tics” que involucran diversos movimientos en distintas zonas corporales que abarcan grandes masas musculares hasta movimientos imperceptibles con los ojos. Después de reunirme con los padres, que evidencian tensión constante entre ellos y que narran acerca de una relación altamente conflictiva y signada por la violencia, tanto verbal como física, conozco a Franco, a quien le manifiesto estar al tanto de lo ocurrido. En el transcurso de la entrevista puede narrarme distintos tipos de fenómenos (que constituyen verdaderas alucinaciones visuales), el niño manifiesta “que si se repiten determinadas veces le hacen perder el control de sus actos”.

Paso a detallar textualmente algunos fragmentos significativos:
F: “...Una vez vomité como papel, me salía de la boca como una víbora”...
“...A veces veo demonios, miro el suelo y aparece el demonio, también en la pared. Piensan que estoy loco... pienso que el diablo esta vivo y si hago cosas malas me come. Lo veo con los ojos bien rojos, me dice: Franco, corre, corre mientras puedas porque te voy a comer”...
“...Una vez me asusté mucho porque vi una víbora cascabel y se me apareció un chico atrás y yo pensé que era una serpiente y lo ataqué”...
“...Una vez sentí que me caminaba una araña roja y sentí que me mordió”...
“...De noche no puedo dormir, veo cosas en las paredes, y si me duermo sueño que me quedo ciego”...

Cuando le pregunto si hablaba de estas cosas con la psicóloga que lo atendió, responde que “él no iba a hablar de cosas como ésta, sino que iba a jugar” (de acuerdo a la consigna errónea que había recibido). Además, Franco agrega “...tampoco le iba a contar porque una vez que le conté ella ni siquiera me prestó atención y después de eso no le conté más”. La psicóloga comentaba a los padres que este era un niño muy fantasioso con el cual se disponía a terminar el tratamiento. No es la primera vez que me ocurre el recibir niños que habían sido tratados como si la psicoterapia se redujese a una ludoterpia, sobreinterpretando además cualquier contenido emergente como si se trataran de fantasías, cuando en realidad no puede percatarse de la emergencia de verdaderos contenidos delirantes. Perdió de esta manera cuatro valiosos años en un tratamiento mal planteado, que se inicia con un diagnóstico erróneo, tanto del neuropediatra como de la psicóloga. Al principio “tardó mucho tiempo en acostumbrarse al medicamento”, después “aparentemente estaba más tranquilo”, pero sin embargo en la escuela referían que “a posteriori de ingerir la medicación (Ritalina) se aislaba, mostrándose decaído”.
La gravedad de la iatrogenia no sólo consiste en un conjunto de maniobras clínicas indebidas, sino además la ausencia de los inicios de un diagnóstico claro que permitiera implementar el tratamiento acorde a la singularidad de los padecimientos de Franco, lo cual hubiera permitido el beneficio de la ocasión de intervenir efectivamente, transformando el tiempo perdido en el cual sus padecimientos se agravan considerablemente, en un tiempo de trabajo productivo. Pensemos por un momento que esta violencia secundaria ejercida sobre la subjetividad toda del niño se desarrolló durante cuatro años, es decir, la mitad de la vida de Franco al momento actual.
Otra reflexión que me promueve es la de pensar qué tipo de juegos hacía en su tratamiento anterior, ya que el mismo narra que cuando juega al ajedrez o con la computadora se tranquiliza y no le aparecen las cosas que ve. Entonces, si él “va a la psicóloga para jugar” y además puede jugar a estos juegos, podríamos decir que nada de ello requiere de la presencia de un psicoterapeuta, bastaría con un acompañante terapéutico, un familiar, o quizás con un amigo para lograr el mismo efecto. En este sentido, debo enfatizar la importancia de que un niño puede plantear su sufrimiento cuando se percata de que hay otro, un psicoanalista en este caso, dispuesto a escucharlo. Nuestro trabajo puede establecer puentes, inaugurar el espacio de la transferencia, pero a la vez, cuando es incorrecto, se generan barreras producto de la violencia secundaria mencionada anteriormente.
Le pregunto acerca del contenido de lo que dice la voz, me responde que cuando le habla, escucha “te voy a matar, voy a ir a tu casa de noche”. Indago acerca del momento de inicio de este proceso (alucinatorio auditivo) y responde que hace mucho tiempo empezaron las voces, aún antes de todas las cosas que ve.
F: “... Si me pongo nervioso y me aparecen las luces tengo miedo de pegar...”
“... Cuando era chiquitito me tapaba todo, y no podía dormir nunca, hasta que me dieron la pastillita...”
Nuevamente recibimos una confirmación de que la patología que lo afecta es la causa de su profunda desorganización que se manifiesta en inquietud extrema, ideas de violencia, impulsos de violencia y violencia explícita, problemas en la atención y concentración, no sigue las instrucciones, no finaliza tareas, se distrae fácilmente así como hiperactividad e insomnio pertinaz. Para él DSM IV sólo se requieren seis de estos ítems para definir la condición, es decir, para arribar al diagnóstico de Síndrome Disatencional con Hiperactividad. ¿Qué clase de criterio de diagnóstico es el imperante en tal clasificación donde se pierde absolutamente de vista lo singular de una subjetividad? ¿No es esto acaso una manera de globalizar la violencia de los diagnósticos, propia de la cultura occidental?
Abre un nuevo encuentro diciendo: “... a la noche no me pasó nada malo, estaba durmiendo, pero había una sombrita y vi la cara del diablo. También estaban los demonios y el monstruo y me espiaban por el fondo del colchón y el diablo me quería correr. Estaba por dormir, y vi todo, mi mamá me acarició y me pegué un susto porque pensé que el diablo sacó la mano, la garra para arrancarme la cabeza...Veía la cara del diablo y la garra, el monstruo tiene tres caras: una cara tiene un ojo, otra, cuatro dientes y otra, que se está riendo, tiene ocho ojos...”.
“... Soñé con una casa que era un hotel lleno de monstruos. Había ahorcados y los pasamos de costado. Apareció el verdugo que tenía un palo pero no tenía cabeza. Después estaba Scream que traía un palo como los esqueletos, uno de los esqueletos nos amenazó con una sierra y a cada uno se la ponía en la cabeza...”
“... Cuando me intereso en algo, ni bolilla le doy a los monstruos y cuando puedo concentrarme no me aparecen las voces, pero cuando estoy por concentrarme, ahí aparecen, pero yo me esfuerzo y me esfuerzo y trato de concentrarme rápido, muy rápido para que no me puedan hablar las voces...”
Vale la pena reflexionar en los esfuerzos sostenidos y los trabajos titánicos que Franco realiza intentando dominar, o al menos atenuar, el avance de representaciones delirantes.
F: “... Me quedé jugando con la computadora hasta las cinco de la mañana porque no me podía dormir. Cuando dejaba de jugar me aparecía un monstruo de tres cabezas y oía voces...”
Le pregunto por qué le parece que recién ahora cuenta todo esto.
F: “... Me pude aguantar porque antes cuando empezó era más bajita la presión de la voz y además, como era más chiquito pensaba que eran cosas normales esas cosas. Después, nadie me daba bolilla a lo que yo decía. Y ahora, es imposible, porque la presión de la voz es terrible y además me dice que estoy loco. A veces juego en la computadora hasta que la cabeza me duela y me duela, así no me doy cuenta de lo que está pasando...”
En otra entrevista dibuja un cisne y me dice: “... tengo un cisne o un pato en la casa de mi abuelo. Mi abuelo tiene muchos animalitos y los usa para comer. Me da lástima cuando los matan delante de mí...”. Le pregunto si no se asusta y me dice “... sí, me asusto un poco, pero la parte mejor y más rica es cuando te los comes...”. Es terrible esa escena porque se identifica con el animal muerto, pero el desdoblamiento fantasmático que lo coloca en las dos partes de la escena, en el animal que matan y en el que se lo come, lo alivia. Me dice que va a hacer una piraña y una ballena, le digo que las ballenas son pacíficas, pero él agrega: “... las que tienen el cuernito, no son pacíficas...”. Dibuja un lobo y comenta: “... este es el lobo que se comió a los tres chanchitos, el del cuento...”. Le digo que su cuento es distinto al que yo conozco y al que aparece en todos los libros. Agrega: “... después viene el cazador, pasaron años, adelgazaron mucho y los chanchitos pudieron salir por los ojos y le bailaban en la boca...” “... también hay un tiburón, una ballena jorobada, que son ballenas que están en manadas y son muy agresivas, te pegan. Willy es una ballena asesina, pero son buenas, hunden barcos inofensivamente pero las jorobadas lo hacen a propósito, lo mismo el tiburón, no duermen para que los peces se extingan. Todos los demás duermen pero el tiburón no duerme nunca...”, pienso en la identificación de él con el tiburón tanto en su insomnio como en sus raptos de violencia. Le pregunto si se asusta con esto y me dice que no, porque están en el agua, le pregunto si lo asusta el lobo y contesta: “... el lobo sé que es de un cuento y no me asusta, pero íbamos en un auto y vimos un zorro, el padre de mi amigo le disparó un tiro y el zorro salió corriendo. Si seguíamos de largo pegaba un salto y nos comía. Una vez fuimos de paseo a las cataratas y nos metimos arriba de la corriente, como era muy chiquito no soportaba la corriente y me caí en una roca. Esto la verdad es que no sé si lo soñé o era de verdad”.
La próxima entrevista la inicia con el siguiente relato: “...con tres amigos yo soy el jefe del grupo y espiamos a las chicas de séptimo grado. Hay una que se llama J, es la jefa del grupo y la vicejefa es T. Nos pegan en la cabeza con piedras chiquitas, nosotros agarramos una viuda negra y se la tiramos a la jefa...”. Hace un dibujo de una viuda negra y le pregunto cómo sabe que es una viuda negra, porque además en este lugar donde vive no hay viudas negras. Entonces hace un dibujito en la cola de la araña que le permite distinguir la viuda negra de la que no es y agrega “...¿ves?, la diferencia de la cola, se diferencia de la araña de tapadera. La araña viuda negra mata a los esposos...”. Teóricamente, para pensar lo anterior, acudo a la conceptualización de Piera Aulagnier de la construcción en la paranoia de una escena originaria odiante. “... se casa con un esposo y lo mata. La hembra es la más poderosa y lo mata y por eso se llama Viuda Negra”. Le digo que él estaba contando que las chicas de séptimo le tiran piedras y le pregunto que si lo que me está tratando de decir es que las mujeres lo pueden matar. El responde: “... si me matan a mí y a mis amigos es por defender nuestra misión. Si me muero yo solo, los abandono en la guerra. La que se pega en los árboles (araña de tapadera) es re-chica”. Sigue dibujando arañas. “... tiene camuflaje y te salta. Con mis amigos les agarramos los sesos, el estómago, el cerebro y a los sapos también”, (como la escena de las aves que supuestamente se matan en la casa del abuelo). [Es importante aclarar que aún los investigadores que trabajan con especies muy pequeñas para poder observar el detalle de las estructuras es necesario emplear el microscopio óptico. En ese momento le interrogo acerca de cómo hace él para poder ver todo eso, contesta “... le metí una tijera y le salían los sesos, se los volvimos a poner y no se murió...”, le digo que eso debe ser lo que le da miedo que le pase a él, que lo destripen, continua “... le saqué herramientas a mi abuelo para hacer esas cosas, junto con P y J, yo soy el jefe. Si el animal está muerto se lo tiramos a las chicas”. “... una vez nos juntamos en mi guarida y les dijimos que queríamos pasar y ellas rompieron el pacto. Dijimos que no nos tiren más piedras y nos pegaron en la panza y rompieron el pacto...” “... en la computadora estoy haciendo en un archivo una bomba de tiempo porque soy el que más sabe de computación, de e.mail, de fax y de Internet”, “... con la bomba las podemos asustar, también con un arma, pero preferiría una vacuna con ese líquido que paraliza, ya lo hice, pero lo único que me falta ahora es sacar del archivo...”. Le pregunto si entonces él sería el Viudo Negro que mata a las chicas y me responde: “... no es un veneno que te paraliza, dura media hora el efecto, el líquido que paraliza lo saco de la computadora. Si pongo una bomba arriesgo mi vida, entonces tenemos tiempo para escapar y llevar nuestro dinero. Tenemos mil pesos ahorrados y además yo llevo otros ahorros, llevo cuarenta pesos que me deben mi papá y diez pesos que me debe mi mamá y así tengo mil cincuenta pesos. Mi papá se niega a pagarme, pero no puedo robarle la plata y la próxima vez llamo a mi abogado que me va a defender y al abogado defensor de mi papá y cada uno hace su parte y el juez hace su parte y yo sé que le gano porque se niega a darme mis cuarenta pesos”.
En esta familia es la mamá quien se hace cargo de solventar la mayoría de los gastos que incluyen consultas a distintos profesionales y diversos tratamientos. Como toda teoría la teoría delirante primaria se organiza para volver inteligible aquello que es imposible de procesar de acuerdo a las lógicas del proceso secundario. El contenido delirante tiene su núcleo de verdad a partir del cual la situación analítica debe realizar un trabajo neo escritura, una verdadera escritura nueva de la subjetividad, donde la misma encuentre al decir de Maud Mannoni un lugar para vivir. Trabajo de escritura radicalmente distinto al desciframiento característico de los procesos que corresponden al levantamiento de lo reprimido, lo que en nuestro medio Silvia Bleichmar conceptualiza como neogénesis.
El diagnóstico psicoanalítico de Franco fue enriquecido por dos interconsultas, llevadas a cabo con un neuropediatra y un psiquiatra infantil. Después de las mismas, no se encontraron signos neurológicos indicadores de patología siendo el resultado del electroencefalograma de sueño el siguiente:


Registro normal en vigilia y bajo sueño espontáneo no mostró signos paroxísticos ni focales y la hiperventilación y la fotoestimulación no agregan signos.

Con el psiquiatra infantil hubo un acuerdo en lo inherente a incorporar medicación basada en neurolépticos de última generación, por lo menos en los momentos iniciales del trabajo psicoanalítico que permitieran la productividad del mismo.
En el área educativa se trabaja con los psicólogos del equipo Escuela Domiciliaria, para una gradual reincorporación de Franco a la escuela común, ya que su continuidad había sido interrumpida.
Se recomienda, además de lo anteriormente expuesto, el trabajo sistemático con los padres.

Si el profesional no puede establecer estas diferencias el diagnóstico erróneo conduce indefectiblemente a una psicoterapia estéril con el consiguiente agravamiento y pérdida de tiempo. Debemos agregar que el paciente puede plantear sus aspectos más graves y su sufrimiento extremo sólo si puede llegar a creer que el analista sea capaz de hacer algo por él.


Apuntar a la singularidad de cada paciente, realizar en los movimientos de la apertura un diagnóstico preciso y libre de globalizaciones clasificatorias que producen en distintos dominios del saber la industrialización de los rótulos, con el consiguiente aplastamiento de la subjetividad, considero que es la única forma de trabajo posible que pueda orientar la cura psicoanalítica que puede ser enriquecida en el momento preciso y sólo en el momento preciso, con una medicación pertinente y adecuada que tampoco en este caso se base en la moda impuesta por las multinacionales de los laboratorios, como en el caso de la Ritalina, cuya difusión, tanto en nuestro país como en Estados Unidos, ha alcanzado tal extensión que ha llevado a una investigadora norteamericana de la reconocida trayectoria de Aleta Solter a denominar un trabajo suyo: “Drogar a nuestros niños: una desgracia nacional”.

Bibliografía:
La Violencia de la Interpretación. Aulagnier, Piera.
Ed. Amorrortu
El aprendiz de historiador y el Maestro Brujo.
Aulagnier, Piera. Ed. Amorrortu

Clínica Psicoanalítica y Neogénesis. Bleichmar, Silvia. Amorrortu Ed.
El niño del dibujo. Punta de Rodulfo, Marisa. Ed. Paidos
Déficit Atencional: ADD/ADHD ¿Implantación de un síndrome? Punta de Rodulfo, Marisa. Ed. Paidos
La generalización en el diagnóstico y sus riesgos: el Caso del ADHD. Punta de Rodulfo, Marisa. Ed. Paidos

Dibujos fuera del papel. Ed. Paidos. Rodulfo, Ricardo
El cascarón protector en pacientes autistas. Barreras autistas en pacientes neuróticos. Tustin, F.

 


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