Diagnosticar
no es catalogar
Nos consultan…
Padres que vienen, angustiados, desbordados, deprimidos, hablando
de un niño que no es como ellos quisieran, que molesta, o que
los deja expuestos a llamados permanentes por parte de la escuela.
Un niño que hace de más o de menos, que los convoca
en un punto en el que no pueden responder… Sus frases son, habitualmente:
“No lo podemos parar”.
Y llegan al consultorio niños que sufren y que expresan de
diversos modos su sufrimiento. Muchas veces, se encuentran con nosotros
después de un largo peregrinaje por otros profesionales. Se
les dieron diagnósticos, a veces se los medicaron… pero
algo insistió. Y piden ser escuchados de otro modo.
Algunos ejemplos:
Consultan por un niño de nueve años. Muy buen alumno
en cuanto al rendimiento, tiene dificultades para tolerar normas,
es contestador y suele molestar en clase, sobre todo por sus actitudes
de oposición y cuestionamiento a la autoridad. Se lo deriva
al neurólogo, diagnosticándole ADD. El padre se opone
a que lo mediquen. Después de varias entrevistas, en las que
me encuentro con un niño inteligentísimo, que argumenta
con una lógica impecable por qué se opone a ciertas
actitudes del padre, de la madre y de la maestra (explica por qué
pelea con cada uno, en tanto le prohíben el despliegue de su
independencia o de su agresión) el padre dice: “Prefiero
que sea así, que no se deje llevar por los otros. Un varón
tiene que poder defenderse.”. ¿Es signo de algún
trastorno neurológico la actitud desafiante de este niño
o se ha constituído en una trama identificatoria en la que
ser varón es equivalente a oponerse al resto, sosteniendo criterios
propios? Quizás este niño haga una especie de caricatura
de la masculinidad, sosteniendo las diferencias al modo actividad-pasividad,
como único modo de representarse a sí mismo como varón,
frente a los que él supone otros que quieren someterlo y pasivizarlo,
feminizándolo.
Un niño de seis años tiene dificultades para organizarse,
para aprender y para quedarse quieto. La directora de la escuela dice
que "no produce". Es diagnosticado inmediatamente como ADD
y medicado. Frena la actividad pero comienza a sentir terrores. Se
desconecta del grupo, tiene una mirada perdida...Teme a todo lo que
se mueve. Así, hasta una pelusa le provoca terror. La maestra
se preocupa: “prefiero que se mueva a que esté paralizado”,
comenta. ¿Qué provocó en este niño la
medicación, además de la idea de que era alguien cuyos
movimientos debían ser controlados desde afuera? Provocó
terror, afecto seguramente ligado a las fantasías terrorificas
que lo asaltaban y que, con la “pastilla” dejaban de ser
“fantasías actuadas” propias para transformarse
en fantasmas que lo atacaban desde afuera. Así, la medicación
producía un efecto de encierro, de chaleco de fuerza que lo
dejaba a merced de los otros y todo lo que se movía pasaba
a ser atacante. Una maestra que pudo registrar el terror frente al
movimiento de los otros y que privilegió paliar el sufrimiento
del niño a su comodidad, padres que pudieron preguntarse sobre
lo que pasaba y repensar el abordaje, permitieron otra apertura.
Un niño de cinco años no habla, no juega con los otros,
no se conecta. Se lo diagnostica como autista y como débil
mental (en dos servicios diferentes de neurología) y se indica...
ningún tratamiento. "Déjenlo tranquilo, ¿para
qué un psicólogo?".
¿Para qué escucharlo? ¿Para qué otorgarle
un lugar? ¿Para qué tenerlo en cuenta como sujeto deseante?
Una niña de cuatro años no habla y se mantiene aislada.
Está diagnosticada como Trastorno Generalizado del Desarrollo
desde los dos años. Cuando comienza a comunicarse e intenta
imponer sus deseos, la mamá pide: “¿No puede medicarla?
Me vuelve loca.” ¿A quién hay que mantener muda
y desconectada?.
Considero que una de las dificultades que tenemos hoy en día
para la comprensión de la psicopatología infantil es
la invasión de diagnósticos que no son más que
un conjunto de enunciados descriptivos que se terminan transformando
en enunciados identificatorios, diagnósticos que llevan a que
un niño sea catalogado por los síntomas que presenta
perdiendo así su identidad. Así, se pasa de: "tiene
tics", a "es un Gilles de la Tourette" o de: "tiene
conductas compulsivas y reiteradas" a "es un TOC",
o en vez de un niño triste, hablamos de un trastorno bipolar...
El más conocido es el Trastorno por déficit de atención,
título con el que son catalogados niños que presentan
diferentes características.
Lawrence Diller, pediatra norteamericano, afirma que desde los años
setenta la psiquiatría norteamericana adhirió al modelo
biológico-genético-médico de explicación
de los problemas de comportamiento y que, en los ochenta, con la inclusión
del Prozac, se banalizó el uso de medicación psiquiátrica
en casos leves. El paso siguiente parece haber sido extender este
criterio a los niños.
¿Dónde quedaron los niños y sus vaivenes, como
sujetos en permanente devenir? ¿Dónde podemos ubicar
sus deseos, sus temores y sus sufrimientos? ¿Por qué
suponerlos "patológicos", en lugar de pensarlos como
sujetos con diferentes posibilidades, que están atravesando
momentos difíciles? ¿Estamos patologizando y medicalizando
la infancia?
Me parece que la pasión por denominar, por clasificar, por
ubicar todo en cuadros, lleva a una contradicción fundamental:
¿cómo "encuadrar" el bullicio de la vida,
esas exigencias que insisten, las diferencias entre los niños?
Las dudas, las preguntas, el devenir mismo tienen que ser obturados
lo más rápido posible. Lo que se pretende es que todos
los niños respondan del mismo modo a lo mismo, sin tener en
cuenta las situaciones particulares por las que está atravesando
la vida de cada uno.
Así, se ubican en una misma bolsa a niños con problemáticas
muy diferentes, anulando particularidades. Por ejemplo, son catalogados
como TGD (Trastorno Generalizado del Desarrollo) niños autistas,
niños que se están estructurando de un modo psicótico,
niños con perturbaciones en su desarrollo que no podrían
ser encuadrados en ninguno de estos dos tipos, niños que vienen
armando una psicosis simbiótica, niños que están
atravesando situaciones límites, etc.
Bernard Golse (2003) plantea, tomando las enseñanzas de G.
Canguilhem, que lo que aparece como patológico en un niño
en una época sería quizás considerado como normal
en otra y no solamente porque la normalidad no puede ser más
que estadística sino, fundamentalmente, porque la tolerancia
de una sociedad al funcionamiento de los niños se funda sobre
criterios educativos variables y sobre una representación de
la infancia que depende de ese momento histórico. Es decir,
cada sociedad espera funcionamientos diferentes de sus niños,
cada grupo social plantea un contrato narcisista diferente y tolera
de forma variable las desviaciones. Por ejemplo, en la actualidad,
en un mundo cada vez más acelerado, se tolera poco el movimiento
de los niños.
En los últimos años se ha generalizado el uso del DSM
IV en los consultorios psicológicos y pediátricos e
inclusive en el ámbito escolar es frecuente que los maestros
diagnostiquen a los niños con los nombres que propone este
manual.
Una mamá me decía: "está desatado"...
(en relación a su hijo, cuando le dejaron de dar la medicación).
Es posible que gran parte de nuestra tarea consista en cortar las
ataduras a las imposiciones de otros, sobre todo de un otro social
poderoso que decide cómo se debe ser, a quién responder...
Todo esto nos lleva a cuestionarnos acerca de las causas de las dificultades
infantiles y también a preguntarnos sobre las consecuencias
del modo en que los adultos y sobre todo los profesionales, podemos
incidir en la evolución de esas dificultades. Ya desde la primera
entrevista, el que ubiquemos tanto al niño como a los padres
como sujetos pasibles de ser escuchados, puede modificar la situación.
Cuando se toma la singularidad del sujeto, cuando se puede soportar
que sea un "otro", un semejante diferente, se puede comenzar
a pensar acerca de las causas, de los momentos, de qué es lo
que hace que ese niño se presente de ese modo.
Por el contrario, cuando lo que se intenta es, rápidamente,
hacer un diagnóstico, clasificarlo, lo más probable
es que se dejen de lado las diferencias, se piense sólo en
las conductas, en lo observable y se pase por alto el sufrimiento
del niño.
El privilegiar la "conducta", (y muchos niños dicen
"me porto mal, por eso me traen"), nos remite a la idea
de que hay alguien que se "porta bien" y que hay quienes
saben lo que es "una buena conducta".
Además, la medicación dada para producir efectos de
modo inmediato (efectos que se dan en forma mágica, sin elaboración
por parte del sujeto), como necesaria de por vida, ¿no desencadena
adicción psíquica al ubicar una pastilla como modificadora
de actitudes vitales, como generadora de un "buen desempeño"?.
¿No es la misma lógica que sostienen los adolescentes
que afirman que toman tal “pastilla” para poder bailar
diez horas seguidas?
También llama la atención la insistencia en los trabajos
médicos sobre la importancia de diagnosticar rápido
para comenzar tempranamente con la medicación. Como plantea
Bernard Touati (2003) la puesta en juego de una acción directa
correctiva al nivel biológico es otra cosa que el reconocimiento
de las influencias recíprocas y las correspondencias entre
los sistemas neurobiológico y psíquico. Al ofrecer la
biología respuestas operativas queda como verdad última
y definitiva, relegando a un segundo plano a los otros modos de comprensión
del problema y de su sentido. De este modo, la dimensión psicoterapéutica
puede entonces ser reducida al rango de simple ayudante, de sostén,
como un modo de tener en cuenta lo que serían “las repercusiones
psicológicas del problema” (problema que se supone biológico).
Podemos agregar que en algunos casos una indicación conductual
tiene el mismo efecto: borra las preguntas sobre las determinaciones
y anula los matices, obturando la posibilidad de pensar la complejidad.
Entonces, cuando un niño no responde a las expectativas, cuando
un funcionamiento infantil nos perturba, cuando nos convocan allí
donde no sabemos o no podemos estar y quedamos angustiados y confundidos,
podemos generar movimientos de deshumanización, de descualificación,
de no-reconocimiento.
Hay otro elemento en juego: este modo de diagnosticar, en el que se
pasa de una descripción de síntomas a determinar una
patología, DSM IV mediante, tiene un elemento central: desmiente
la historia del niño y anula el futuro como diferencia.
Y esto me parece que es crucial: si alguien fue así desde siempre
(es decir, sus padeceres no se constituyeron en una historia) y va
a ser así toda la vida... sólo queda paliar un déficit.
Cuando los que hacen el diagnóstico (llenando cuestionarios,
dando descripciones) son los padres y maestros, esto se hace todavía
más evidente. Un cuestionario para detectar ADHD que llegó
a mis manos, distribuído a padres y maestros, de la SNAP IV,
con 40 preguntas, muestra lo contradictorio de la idea de "trastorno
por déficit de atención" que impera en las categorías
del "diagnóstico" según el DSM IV. Algunos
de los ítems son: "Habla en forma excesiva", "Discute
con adultos", "Hace cosas en forma deliberada para fastidiar
o molestar a otros", "Es negativo, desafiante, desobediente
u hostil hacia las personas de autoridad", "A menudo no
coopera", "Se hace el vivo". Todos estos puntos (que
deben ser calificados del 0 al 3) implican un observador imparcial,
pura conciencia, que pueda calificar objetivamente algo tan subjetivo
como la desobediencia, o el "hacerse el vivo" (que puede
implicar cosas muy diferentes para cada uno). Si tenemos en cuenta
que este cuestionario es llenado por familiares y/o maestros, podemos
concluir que dependerá de la idea que cada uno tenga acerca
de lo que es hablar excesivamente, discutir, actuar de un modo deliberado,
ser desafiante, no cooperar y hacerse el vivo. Idea que cada adulto
habrá construído en su propia historia y que estará
teñida por su realidad actual. Así, si un maestro tiene
que dar clase a un curso de más de treinta alumnos y trabaja
doble turno, es posible que la mayoría de los niños
le resulten excesivamente demandantes. También, si el maestro,
o el padre, están deprimidos, se puede producir el mismo fenómeno:
un niño que se mueve mucho puede ser insoportable porque no
permite la desconexión del adulto.
Todo tiene que ser normotizado, reglado, en una sociedad que exige,
discrimina y excluye.
Para desarmar esto, tenemos que afinar nuestros instrumentos y poder
fundamentar nuestro abordaje. Tenemos que poder explicar que nosotros
contamos con otras herramientas para el tratamiento de estos trastornos.
He planteado muchas otras veces que la psicopatología infantil
tiene características peculiares y no puede ser pensada de
acuerdo a los parámetros de la psicopatología adulta.
Fundamentalmente, estamos frente a un psiquismo en estructuración,
en el que los funcionamientos no están todavía rigidificados,
ni totalmente establecidos, en tanto la infancia es fundamentalmente,
devenir y cambio.
Quizás, fundamentalmente, lo que hay que detectar es el sufrimiento
de un niño. Por eso, mucho más que diagnosticar de qué
tipo de trastorno psíquico se trata y ponerle un nombre, mucho
más que “tipificar”, “catalogar” algo,
el tema es entender cuáles son las determinaciones de una dificultad,
cuáles son las conflictivas que expresa y a quiénes
incluye.
Todo niño requerirá un abordaje terapéutico acorde
a cuáles son las determinaciones de su sufrimiento. E intervenciones
específicas, de acuerdo a lo que le ocurra. Así, un
niño que está en proceso de duelo requerirá un
tipo de intervenciones psicoanalíticas diferente a aquél
que ha sufrido situaciones de violencia y está en "estado
de alerta".
Y esto siempre en un contexto.
El psiquismo es una estructura abierta (en el sentido que no es pensable
en un sujeto sin vínculos con otros) y la realidad (en especial
la realidad psíquica de los otros) es parte del aparato psíquico
del niño.
Es insoslayable, entonces, en el caso de las patologías tempranas,
el tema del entorno.
Esto es muy claro en el caso del llamado ADHD: hay que tener en cuenta
el estado psíquico de los adultos que a la vez que promueven
el movimiento y la dispersión (excitando a un niño,
idealizando la infancia, ofreciéndole estímulos fuertes
desde bebé), después no pueden tolerar el movimiento
habitual de un niño.
Sabemos que el que los adultos soporten o no la “inquietud”
infantil depende en gran medida del estado psíquico que predomine
en ellos. Así, cuando están muy angustiados, se sienten
sobrepasados o están deprimidos, no pueden contener a un niño
que demanda atención.
Luego, cuando el niño muestra la angustia del modo en que puede
y se mueve defendiéndose de los deseos controladores y paralizantes
de los otros (deseos que él vive muchas veces como deseos de
muerte), se los medica, cerrando el círculo de la patologización.
Si reflexionamos sobre los otros “cuadros” que suelen
“diagnosticarse”, desde la clínica, vemos que los
niños que son “etiquetados” como Gilles de la Tourette
suelen presentar un despliegue dramático, un modo de decir
teatralizado, pero sabemos que los tics pueden expresar diferentes
conflictos. Mientras que los supuestamente “bipolares”
pueden hablar con silencios y llantos, y los “hiperactivos”
muestran con su cuerpo y sus movimientos lo que los desborda, ellos,
los niños de los tics, nos cuentan con sus muecas y reiteraciones
una historia que no ha sido simbolizada.
Entonces, diagnosticar es otra cosa a rotular de acuerdo a lo manifiesto.
Para llegar a un diagnóstico (imposible de cerrar con una sola
palabra) hay que escuchar, observar, analizar, a través de
todos los elementos que tengamos a nuestro alcance, para poder ubicar
cuáles son los conflictos predominantes, si estos son intrapsíquicos
o intersubjetivos, cómo se da la repetición en ellos,
qué deseos y de quiénes están en juego, qué
defensas predominan.
Muchas veces, el que un niño pase a ser un interlocutor válido
para los adultos que lo rodean, el que los padres lo incluyan en el
circuito simbólico, es fundamental para modificar el modo en
que el niño se ve a sí mismo. Y es que cuando el adulto
ubica a un niño como ser humano se producen modificaciones,
se abren caminos.
Intentaré desarrollar algunas ideas sobre el llamado Déficit
de Atención, centrándome en la hiperactividad.
Tomando las palabras de Roger Misès, “este trastorno
está fundado sobre el rejunte de síntomas superficiales,
invoca una etiopatogeniza reductora que apoya un modelo psicofisiológico,
lleva a la utilización dominante o exclusiva de la Ritalina,
la presencia de una comorbilidad es reconocida en casi los dos tercios
de casos, pero no se examina la influencia que los problemas asociados
pueden ejercer sobre el determinismo y las expresiones clínicas
del síndrome. Finalmente, los modos de implicación del
entorno familiar, escolar y social no son ubicados más que
como respuestas a las manifestaciones del niño (nunca como
implicados en su producción)”
También hay que reconocer que son muy pocos los desarrollos
psicoanalíticos sobre el tema, mientras que abundan los escritos
cognitivo-conductuales, que ponen el acento en la conducta, en lo
que aparece y desconocen la estructuración psíquica
y la dimensión subjetiva.
Quizás ocurra con la hiperactividad como con tantas otras patologías
infantiles en las cuales, para trabajar psicoanalíticamente,
tenemos que crear instrumentos.
La tan mentada “discontinuidad del pensamiento” en el
niño hiperactivo, su movimiento continuo, así como su
habitual negativa a dibujar, pueden provocar cierto rechazo por parte
de los analistas. Por otra parte, se habla de su desinterés
por el intercambio verbal, pero esto no ha sido corroborado en mi
práctica clínica (generalmente son niños que
juegan y hablan, aunque tiendan a saltar de un juego a otro y de un
relato a otro). Además, el trabajo con niños, ¿no
nos enfrenta habitualmente con estas dificultades?
Así, una investigación realizada por Nicolás
Daumerie, en Francia, muestra el rechazo de los terapeutas a trabajar
con niños hiperactivos, a pesar del reconocimiento de que sus
dificultades tienen determinación psicológica. Afirma
Daumerie:”Si bien en un primer movimiento los profesionales
eluden las preguntas relativas a los objetivos transferenciales, asegurando
su imposibilidad de “generalizar ” las relaciones que
tienen con sus pacientes, en un segundo tiempo son unánimes
en señalar las dificultades específicas de la relación
terapéutica con niños que presentan trastornos hiperkinéticos.
Insistiendo en los avatares del encuentro con estos niños “extremadamente
difíciles”, las características que ellos describen
señalan: las dificultades para establecer vínculos intersubjetivos,
la “precariedad” de la transferencia y, en menor medida,
el dominio y aun la influencia que ejercen estos sujetos. Todos señalan
“ataques ” o “efracciones” de un marco terapéutico
“siempre en potencialidad de ruptura”, puesto en riesgo
por niños que “ponen a prueba los vínculos interpersonales”
y que “suscitan el clivaje institucional”. Esto es realmente
muy interesante, en tanto me he encontrado con situaciones en las
que un psicólogo define a un niño como “insoportable”,
actuando asi fantasías de exclusión y de rechazo del
niño mismo.
Por todo esto considero fundamental profundizar en las determinaciones
de estas problemáticas.
La hiperactividad o un niño que se mueve sin metas
Me voy
a centrar en las determinaciones psíquicas de la hiperactividad,
entendiendo además que está generalmente ligado a la
impulsividad y que sólo puede tomarse como síntoma cuando
es un movimiento desorganizado, con el que el niño puede dañarse,
que, generalmente, está acompañado de torpeza motriz.
Si un niño se mueve mucho, pero porque desarrolla muchas actividades
(y no salta de una a otra sino que las finaliza) no se podría
decir que presenta un síntoma. Simplemente, es un niño
muy activo (lo que actualmente es muchas veces una exigencia social).
Tampoco se podría plantear que tiene una conducta descontrolada
aquel niño que se opone a las normas, pero mantiene una excelente
motricidad y un buen nivel de aprendizaje, aunque su relación
con los adultos sea desafiante y transgresora.
Sabemos que la complejidad de la estructuración psíquica
en relación al dominio del propio cuerpo y del desarrollo de
la motricidad, así como del control de los impulsos, es tal
que merece que vayamos paso a paso para pensar las determinaciones
de un movimiento sin rumbo y de respuestas inmediatas, sin freno.
Iré desarrollando los diferentes tipos de perturbaciones que
se expresan en la “hiperactividad” infantil, teniendo
en cuenta diferentes perturbaciones posibles.
En muchos de estos niños, se encuentran alterados los fundamentos
de la vida psíquica que habitualmente sostienen el ejercicio
del pensamiento y el placer ligado a él.
Dificultad
en el armado de una protección antiestímulo
Sabemos
que estamos bombardeados por estímulos externos e internos.
Que de los internos es muy difícil la huída, pero que
hemos aprendido a lidiar con ellos y que hemos construído un
sistema de protección frente a las excitaciones del afuera.
Y que el requisito para que esto se construya es la posibilidad de
diferenciar adentro-afuera.
¿Cómo se construye aquello que nos protege, los filtros
que nos posibilitan no quedar inmersos en un cúmulo de excitaciones
e incitaciones imparables?
Para que el niño diferencie adentro-afuera y que, además,
recepcione sólo algunos de los estímulos, filtrando
otros, es imprescindible que haya podido constituir un “tamiz”
por el que pasa sólo lo tolerable y una “piel”
que lo unifique y diferencie simultáneamente. Y para esto es
fundamental que haya habido adultos que registraran sus propios afectos,
que metabolizaran su propio desborde afectivo sin confundirse con
el niño y que lo ayudaran, por ende, a registrar sus propios
afectos.
Pero en los niños que se mueven sin rumbo suele haber una dominancia
de una relación dual, madre-hijo, marcada por la persistencia
de un vínculo erotizante, con un niño que queda excitado
y que fracasa en las posibilidades de construir un sistema para-excitación
y para-incitación (protección hacia fuera y protección
hacia adentro).
Son niños que viven los estímulos externos como si fueran
internos y hacen movimientos de fuga frente a los mismos.
Por ejemplo, cuando tienen hambre o frío o sueño pueden
no registrarlo como una urgencia interna y moverse como si tuvieran
que huir de un estímulo que los amenaza desde el afuera.
Así, la agitación pasa a ser en algunos casos una defensa
frente al desborde pulsional. Intentan huir de sus propias exigencias
pulsionales a través del movimiento. Y como lo pulsional insiste,
se mueven cada vez más sin lograr arribar a la meta buscada.
Lo que predomina es la urgencia, como si estuvieran sujetos a exigencias
que los golpean desde un interno-externo indiferenciado.
Fracaso
en el armado autoerótico y en el dominio del propio cuerpo
A
veces, lo que predomina es la dificultad para construir un mundo deseante,
en el que el placer sea posible.
Si el placer se construye en base a ritmos, que se van armando tempranamente,
en el vínculo con otro, cuando el otro irrumpe imponiendo sus
propios ritmos, la posibilidad de placer se cae.
Son golpes dados a los cimientos mismos del autoerotismo, en su lazo
con la sexualidad infantil y con el lugar que toma el objeto, lo que
lleva a un intento siempre fallido de dominar el mundo.
Gerard Szwec (1993), entre otros, habla de los procedimientos autocalmantes,
que son un intento de lograr la calma por una excitación repetitiva,
pero que no conducen a la satisfacción. Muchos movimientos,
del tipo del golpeteo reiterado o los movimientos con el pie, muestran
modos en los que lo que predomina es el principio de constancia por
sobre el de placer.
Si bien todos utilizamos estos mecanismos (fundamentalmente en situaciones
de tensión), cuando son los predominantes en un sujeto nos
encontramos con una degradación del funcionamiento deseante.
Paul Denis (2001) sostiene que en estos casos el principio de placer
deja la prioridad al principio de constancia.
Un niño que no puede satisfacer sus deseos, que está
en un “más allá” de la satisfacción,
va a realizar un intento fallido de aplacar sus pulsiones a través
de movimientos que le traerían una calma anhelada, pero que
lo dejan insatisfecho.
Más que de un deseo a cumplir hay una excitación a calmar.
Esto pasa con algunos video-games, que exigen acciones repetitivas
y vacías de sentido, sin intervención creativa por parte
del que lo “juega”.
Fantasmas
de exclusión en una relación dual:
Muchas
veces (y esto se combina con lo anteriormente desarrollado) la hiperactividad
del niño es el intento de asegurarse la posesión de
una escena en la que sería el único protagonista. Es
decir, el niño supone una escena de la que él puede
ser expulsado, pero no en los términos de la conflictiva edípica
(donde él podría ocupar un lugar) sino en un vínculo
narcisista en el que la expulsión supone un no-lugar (la inexistencia
para el otro). Así, se mueve como para evitar la exclusión-anulación
que vendría desde el otro. Este funcionamiento defensivo puede
suscitar en el entorno un aumento de la hostilidad, en tanto los otros
queden atrapados por este fantasma de exclusión y reaccionen
imponiendo su presencia.
Es claro que son niños no pueden sostener la representación
de la madre y no se suponen existiendo en la cabeza de ella, en sus
pensamientos, cuando no están. Suelen exigir una especie de
“cuerpo a cuerpo” con ella, pero esto también les
resulta insoportable y se alejan, intentando desprenderse a través
del movimiento, acto con el cual vuelven a convocarla, sin que ninguno
de los dos pueda separarse.
Dependencia
de la mirada materna:
Es
habitual que el movimiento del niño capture la atención
del adulto, que está pendiente, mirándolo como potencialmente
peligroso. El otro intenta controlarlo con su mirada y este control,
al ser vivido como encerrante, suscita mayor movimiento, en un intento
de volver a ejercer un dominio que siente perdido. La angustia se
manifiesta como descontrol de su propio cuerpo y supone que es la
madre la que se ha adueñado de sus movimientos. Y lo que es
cierto es que el adulto intenta muchas veces manejarlo a “control
remoto”.
Podemos ver estas situaciones en los casos en que, después
de trabajar con un niño durante 50 minutos, llega su madre
a buscarlo al consultorio. Inmediatamente, el niño comienza
a correr por el consultorio, a tocar todo, mientras ella le repite:
“Quedáte quieto. No toques, no saltes”, lo que
potencia el actuar del niño. Es casi como si él entendiera
como órdenes: “movéte, tocá, saltá”,
las indicaciones maternas.
Falla
en la estructuración de representaciones preconcientes:
Sabemos
que lo único que frena la acción inmediata es el pensamiento.
Es la posibilidad de interponer recorridos más complejos lo
que frena la vía directa entre el impulso y la acción.
Pero para esto tuvo que haberse instaurado una red de representaciones
preconcientes, como caminos alternativos, modulando el devenir pulsional.
¿Cómo se instaura esta red?
Si en otros textos (Janin, 2004) afirmamos que para que el mundo sea
investido, tuvo que haber alguien que invistiera al mundo, también
podemos decir que para que un niño sostenga pensamientos, tuvo
que haber sido pensado por otros, tuvo que haber sido sostenido no
sólo por los brazos de otros sino también por pensamientos
de otros. Ser pensado implica recibir un baño de pensamientos
y es posibilitador del armado de pensamientos propios (D. Anzieu,
1998).
Armado imprescindible para frenar la descarga inmediata de la tensión.
El niño va armando sus redes representacionales, va constituyendo
sus circuitos de pensamiento, en relación a los otros que lo
rodean, fundamentalmente en relación al funcionamiento psíquico
de esos otros. Si los adultos pueden metabolizar sus pasiones, tolerar
sus propias angustias y contener al niño, le irán dando
un modelo que le posibilitará pensar. En este sentido, el otro
humano es condición de la posibilidad de discernir, es sobre
él que el niño aprende a diferenciar bueno y malo, fantasía
y realidad y a construir vías alternativas a la descarga directa
e inmediata de la excitación.
Si lo pensamos en términos de Bion, como función alfa
y beta, podemos decir que para construir el aparato para pensar los
pensamientos, el niño tiene que encontrarse con una madre que
lo piense, que frente a sus irrupciones, metabolice, piense y responda
poniendo y poniéndose palabras frente a los eyectos del niño.
En la medida en que se va pensando a sí mismo como alguien,
en que puede ir armando una representación de sí, a
partir de la imágen de sí que le dan los otros, esta
organización representacional va a actuar inhibiendo la descarga
directa, la tendencia a la alucinación o a la defensa patológica
(la expulsión del recuerdo).
Pero hay modos de traducir, de organizar los pensamientos inconcientes
de un modo preconciente que es anterior a la palabra, o que puede
ser simultánea a ella. Son lo que llamamos preconciente cinético
y preconciente visual. Por ejemplo, cuando un nene se cayó
y uno le pregunta que pasó, realiza toda la acción,
diciendo nene-apumba. Pero no dice sólo nene-apumba, él
repite la acción, arma toda la escena nuevamente, se tira al
piso, se vuelve a tropezar con lo que se tropezó.
Entonces, en primer lugar, es necesario el armado de un conjunto de
representaciones preconcientes (primero, a nivel motriz) que abra
vías más complejas para re-encontrar la satisfacción.
Hay niños que fracasan en la instauración del sistema
preconciente, así como en la elaboración de los procesos
terciarios: así la capacidad para mentalizar tambalea y predominan
las manifestaciones a través del cuerpo y de la acción.
Pero, además, es habitual que los niños que se mueven
sin rumbo no hayan podido estructurar representaciones preconcientes
ya en el nivel del pensamiento cinético. O sea que sus movimientos
no sean modos de relatar con acciones. También esto explica
la bibliografía sobre el tema en la que se afirma que la hiperactividad
del niño no tiene “sentido” y que, por eso, los
adultos nos angustiamos e intentamos ponerle nombre o explicar aquello
que no “dice” claramente (a diferencia de un niño
que cuenta con sus acciones y sus gestos lo que le pasa). Esto no
quiere decir que el niño no “diga” con lo que le
pasa, sino que sus actos no son acciones sino manifestaciones de angustia,
de desesperación, de estallido interno.
Se podría afirmar que el movimiento, en estos casos, sería
un sustituto fallido de la actividad ligadora de las representaciones.
Fracaso
en la constitución del espacio de la fantasía.
He
planteado en otros artículos que estos niños actúan
sus fantasmas, quedando atrapados por ellos. Sus juegos, entonces,
tienen un carácter muy particular que pondría en duda
el hecho mismo del jugar. ¿Hasta dónde podemos hablar
de juego o es más bien una escena que está siempre en
el límite mismo entre realidad y juego, escena que no puede
ser estrictamente representada sino que genera movimientos?
A la vez, la satisfacción que implica el juego es diferente
a una actividad mecánica, repetitiva. Así, el carácter
elaborativo del juego está ligado a la posibilidad de hacer
pequeñas variaciones en la repetición, lo que suele
fracasar en estos casos. (Esto plantea la necesidad, por parte del
analista, de ir incluyendo pequeñas variaciones en las escenas,
para pasar de la actuación al juego).
Déficit
en el armado de una “piel” unificadora
También,
el desfallecimiento narcisista deberá ser tomado en cuenta.
Hay niños que se mueven buscando un “borde”, un
armado narcisista del que carecen. La falta de seguridad interna,
así como los imperativos del yo ideal (que no permiten construir
ideales que permitan un margen de libertad), dejan a estos niños
con severas dificultades para armar una imagen sostenible de sí
mismos.
No pueden constituir el yo como envoltura, como representación
totalizadora del propio cuerpo y entonces buscan límites en
el afuera, al golpearse contra las paredes o en el grito del otro
(límites que lo dejan más indefenso aún, más
angustiado y que lo re-envían a un movimiento con el que trata
de ligar una angustia indecible).
Así, la envoltura que le da la misma excitación (como
sensación), la voz y las miradas de los otros, son el modo
de sustituir la falla en el armado del yo-piel.
El
tema de la muerte:
Diferentes
autores se han referido a la hiperactividad (o inestabilidad o hiperkinesia)
como defensa maníaca contra la depresión. (R. Diatkine,
P. Denis, 1985). Me parece que esto es así en algunos casos,
pero no en todos.
La problemática de la muerte (propia y de los padres y hermanos)
se plantea habitualmente. Para un niño, la muerte suele ser
equiparada a la quietud. Y cuando el adulto los conmina a estar quietos,
suelen suponer que lo quieren eliminar, lo que en parte se corresponde
con el deseo del adulto de que ese niño “no moleste”.
Esto, vivido como un deseo de muerte del otro, reactualiza angustias
de muerte muy tempranas (a veces, en niños que han sufrido
situaciones de enfermedades u operaciones de muy pequeños)
y promueve un intento, siempre fallido, de mostrarse vivo a pesar
de todo. Cuando esto puede ser elaborado, el cambio es evidente.
En otros casos, no soportan sus propios deseos de muerte hacia sus
progenitores. Así, un niño de cinco años pasaba
sesiones arrojando objetos por el aire, sin poder parar en una especie
de carrera desenfrenada. Un día, en que jugaba conmigo a una
especie de lucha entre dos muñecos (cada uno de nosotros sostenía
a uno pero él dirigía los movimientos de ambos), tira
mi muñeco y dice que se cayó al agua y que se va a ahogar.
Yo grito: “Papá, socorro”, y él me contesta:
“No tenés papá, se murió”. Entonces
digo: “Mamá, salváme” y él responde:
“También se murió. No tenés ni mamá
ni papá”. Y, muy angustiado y casi llorando, susurra:
“Yo no juego más”. A partir de esa sesión
fue posible hablar de sus temores a la muerte de sus padres y nombrar
los objetos que tiraba, poniéndoles nombres, ligándolos
con sus deseos de tirar lejos a padres y hermanos. En la medida en
que fuimos trabajando estos temores, su actividad se tornó
mucho más organizada.
Una situación diferente en relación a la muerte se da
en algunos niños que intentan despertar a adultos deprimidos,
en estado de sopor. Son niños que se mueven alocadamente cumpliendo
el mandato de mantener vivo y conectado a uno de los progenitores.
Un
modo de defenderse de los deseos de pasivización:
Como no es casual que este síntoma se de sobre todo en varones,
a tal punto que se habla de una Trastorno de Déficit Atencional
sin Hiperactividad, propio de las niñas, es imprescindible
hacerse la pregunta acerca del por qué esta preferencia de
los varones por este tipo de manifestaciones.
Que los varones sean los que molestan en clase, es cosa sabida desde
hace tiempo. Qué es lo que molesta de los varones, parece no
quedar tan claro.
Por los avatares del Edipo masculino, el varón supone que obedecer
a otro y, sobre todo, quedarse pasivo frente a otro, es un equivalente
de la feminización. Quedaría "castrado" frente
a otro poderoso, activo. Es en gran medida por eso que los varones
tienen muchas más dificultades que las niñas para adaptarse
a un ritmo escolar en el que las maestras son las dueñas de
la actividad y de la palabra.
Cuando un niño supone que los otros lo quieren ver feminizado,
puede rebelarse frente a lo que supone la intrusión femenina,
el control de su cuerpo por parte de mujeres y el sometimiento al
padre. Revertir esto puede pasar también por revalorizar la
actividad y los deseos de investigación que suelen aparecer
en estos niños.
Volviendo
al diagnóstico
Si
se los escucha, de diferentes modos, si no se habla por ellos sino
con ellos, nuevas posibilidades se abren.
Hablar entonces de diagnóstico puede tener diferentes sentidos.
Lo que debe ser diagnosticado son los conflictos que están
en juego, el modo en que el niño se defiende y de qué,
si los conflictos son del orden de la fantasía o si hay una
realidad perturbadora, cuáles son los elementos en conflicto,
si éste es intra o intersubjetivo, si se trata en ese sentido
de un síntoma o de un trastorno en la estructuración
subjetiva, si viene variando y cómo, cuál es la movilidad
de las defensas, cómo está operando la repetición
y en quién.
Y eso sí debemos diagnosticarlo para encontrar los medios adecuados
para ayudarlo.
Si nos confundimos y en lugar de problemáticas a descubrir,
suponemos que tenemos que acallar un síntoma, el riesgo es
que, al intentar sostener una supuesta tranquilidad, lo que se sostenga
sea la “paz de los sepulcros”, contraria al bullicio de
la vida, con lo que dejamos a un niño robotizado, transformado
en una marioneta al servicio de intereses que lo desconocen como sujeto.
En principio, hay un niño que necesita ayuda, que está
sufriendo, que dice como puede lo que le pasa.
Considero que ningún sujeto puede ser reducido a un “sello”
sin desaparecer, como sujeto humano, complejo, contradictorio, en
conflicto permanente, en relación a un entorno significativo
y por ende, con un cierto grado de impredictibilidad, esa libertad
posible....a la que intentamos acceder.
En tanto sujeto en crecimiento, en constitución, ningún
niño tiene su historia cerrada, coagulada, y lo que los profesionales
podemos hacer es abrir el juego, permitir que se vayan armando nuevos
caminos, que ese niño y esa familia vayan tejiendo una historia
propia.
Resúmen:
Se plantea el tema del diagnóstico en la infancia, diferenciando
diagnosticar y catalogar. Se desarrollan teóricamente algunas
de las determinaciones de la hiperactividad en la infancia, considerando
que en muchos de estos niños se encuentran alteraciones en
momentos fundantes de la constitución psíquica.
Palabras clave:
Diagnóstico – Hiperactividad – Autoerotismo - Constitución
psíquica – Actividad-pasividad – Angustia –
Narcisismo – Fantasía – Psicopatología infantil.
Bibliografía:
Anzieu, Didier, Haag, G., Tisseron, S y otros (1998) Los continentes
de pensamiento, Buenos Aires, Ediciones de la Flor.
Armstrong, Thomas (2000): Síndrome de Déficit de atención
con o sin Hiperactividad - ADD/ADHD. Estrategias en el aula, Buenos
Aires, Paidós.
Bergès, Jean, (1990) "Los trastornos psicomotores del
niño" en Lebovici, S. Diatkine, M, y Soulé, M.
Tratado de Psiquiatría del niño y del adolescente, tomo
IV, Madrid, Biblioteca Nueva, pág 66-69.
Bleichmar, Silvia (1998): "Sobre el comportamiento y la acción
en los trastornos hiperkinéticos", Ensayos y experiencias
Nº 25, Buenos Aires, Novedades Educativas.
Breggin, P. (1998) Talking back to Ritalin: What doctors aren't telling
you about stimulants for children. Monroe, Maine: Common Courage Press.
Breggin, P. (2000) Reclaiming our children: A healing solution for
a nation in crisis. Cambridge, Massachusetts: Perseus Books.
Daumerie, Nicolas (2004) « Des soignants face à l’hyperactivité
: une approche des représentations. Cap. 3 de L’hiperactivité
infantile. Débats et enjeux. Jean Ménéchal. Edit
Dunod, París.
Diller, Lawrence (2001): “Coca-Cola, McDonald’s et Ritaline”
en : Enfances Psy Nº 14, Érès, París.
Fernández, Alicia (2000): "La sociedad "hiperkinética"
y "desatenta" médica lo que produce", Revista
E. Psi. B. A. Nº 10, Buenos Aires, pág 3-9
Freud, Sigmund (1895/1950) Proyecto de una psicología para
neurólogos, Buenos Aires, Amorrortu.
Freud, Sigmund, (1914b) Lo inconciente, Buenos Aires, Amorrortu, vol
14, 1979.
Freud, Sigmund, (1914c) Introducción al narcisismo, Buenos
Aires, Amorrortu, vol 14, 1979.
Freud, S. (1923) El yo y el ello, Buenos Aires, Amorrortu, vol 19,
1979
Golse, Bernard (2001) : « L’enfant excitable. Système
pare-excitation, système pare-incitation », en Touzin,
Monique; Verdier-Gibello, Marie-Luce y otros, L'enfant excité
en Enfances PSY Nº 14, 2001, Érès, París,
pág 49-56.
Golse, Bernard (2003) « L’hyperactivité de l’enfant
: un choix de société » en Fourneret, Pierre y
otros L'enfant instable, Le Carnet Psy Nº 78, Éditiones
Cazaubon, Boulogne, pág 26-28.
Green, André: (1986) Narcisismo de vida, narcisismo de muerte.
Buenos Aires, Amorrortu,
Houzel, Didier; Emmanuelli, Michèle; Moggio, Françoise
(2000) Dictionnaire de Psychopathologie de l'enfant et de l'adolescent,
París, PUF.
Janin, Beatriz (1986)"Una aproximación a la problemática
del aprendizaje y sus trastornos desde una perspectiva meta-psicológica".
En la Revista Argentina de Psicología Nº37.
Janin, Beatriz (2000a) "Effets du traitement pssychanalytique
sur un cas de maladie de Gilles de la Tourette", Handicap, Revue
de Sciences Humaines et Sociales, París.
Janin, Beatriz, (2000b) “¿Sindrome de ADD?”. Cuestiones
de Infancia Nº 5., Bs As, Fau Edit.
Janin, Beatriz (2000c) "El aprendizaje y los trastornos de atención,
memoria y elaboración". En Actualidad Psicológica
Nº 282.
Janin, Beatriz: (2002b): "Vicisitudes del proceso de aprender"
En Cuestiones de Infancia Nº 6. UCES.
Janin, Beatriz (2002c) "Las marcas de la violencia. Los efectos
del maltrato en la estructuración subjetiva". Cuadernos
de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente
Nº33/34, Bilbao.
Janin, Beatriz (2002c) “Vicisitudes del proceso de aprender”.
Cuestiones de infancia Nº 6, Buenos Aires, UCES.
Janin, Beatriz (2004) Niños desatentos e hiperactivos. Reflexiones
críticas acerca del trastorno por déficit de atención
con o sin hiperactividad, Novedades Educativas, Buenos Aires.
Lasa Zulueta, Alberto (2001) "Hiperactividad y trastornos de
la personalidad I. Sobre la hiperactividad", Cuadernos de Psiquiatría
y Psicoterapia del Niño y del Adolescente, Bilbao, Sociedad
Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño
y del Adolescente, pag 5-81.
Ménéchal, Jean y otros (2004) L'hiperactivité
infantile. Débats et enjeux, Dunod, París
Misès, R., (2001) Préface, en Ménéchal,
Jean y otros, L'hiperactivité infantile. Débats et enjeux,
Dunod, París, pág XI a XVII.
Nissen, Steven E., MD (2006) ADHD Drugs and Cardiovascular Risk, en
New England Journal Nº 14, Volume 354:1445-1448
Rodulfo, Marisa Punta, (2005) “La generalización en el
diagnóstico y sus riesgos: el caso del ADHD” en “La
clínica del niño y su interior – Un estudio en
detalle”. Editorial Paidos.
Touati, Bernard (2003): Hiperactivité: la fin de l’histoire…du
sujet, en Le Carnet Psy, Nº 78. Éditions Cazaubon, Boulogne,
Francia.
Valentin, Éric (1996) "Somatizer, agir, reprèsenter",
Revue Française de Psychosomatique, París, PUF.