Diario Tiempo Argentino, 23 de Octubre de 2010. Buenos Aires Argentina.

ENTREVISTA CON MIGUEL BENASAYAG

Las formas de la esclavitud globalizada


El psicoanalista y filósofo propone vencer las “pasiones tristes” que provoca la aldea global al reducir la identidad y da las claves de la resistencia.  

Miguel Benasayad es argentino, psicoanalista, filósofo, escritor y militante político. Integró el ERP y estuvo preso entre el '74 y final del '78. Cuando logró salir del país, se mudó a Francia, donde vive desde entonces. De paso por Buenos Aires –invitado por el Frente de Artistas del Borda–, presentó su último trabajo (Las pasiones tristes. Sufrimiento psíquico y crisis social, escrito junto a Gérard Schmit) y conversó con Tiempo Argentino. “El objetivo de este libro y de las prácticas que van con esto en Francia, en Brasil, en Italia, es que yo, como técnico, declaro que el sufrimiento psíquico no es técnico –señala Benasayad–. Es como devolverle algo a la sociedad. Y no son mis títulos los que me permiten comprender esto, porque para socializar algo, hace falta que alguien legítimo lo legitime. Se trata de un ensayo de intervención social.”

–La idea central del libro es que la crisis psicológica no es individual sino social. ¿Esto se aplica sólo a la sociedad francesa?
–Tengo la suerte de viajar y de poder participar en procesos concretos en muchas partes del mundo. Pude conocer lo que estaba pasando con la gente que sufre, la gente que lucha, en Japón, en Marruecos y en el Nordeste de Brasil, donde coordino un plan de desmanicomialización. Esto hace que mis territorios de trabajo, que son Francia, Bélgica e Italia, se ensanchen al ver lo que pasa en otros lugares. Lo que me toca más profundamente es ver cómo realidades muy diferentes tienen hoy en día un zócalo de problemática común. La globalización, la pérdida de esperanza en un futuro mejor, la pérdida de confianza en el sentido de la historia, es común a todos estos países que te nombro. En Marruecos se va a manifestar, por ejemplo, con la pérdida de todo pensamiento progresista, de oposición y de lucha, y el retorno del islamismo fundamentalista. En el integrismo van a remplazar el futuro positivo por un pasado idílico al cual hay que volver. En el posmodernismo, el futuro positivo se remplaza por un futuro negativo, entonces es el sálvese quien pueda. Sin embargo, constaté también dos cosas: el carácter estructural de esto y las manifestaciones existenciales, el sufrimiento que esto causa. Entonces, el hecho político fundamental no es la falta de modelos alternativos. El hecho político fundamental son las pasiones tristes, en el sentido en que lo describió Spinoza: la pérdida de la potencia.  

–“Disminuir la potencia”, ¿quiere decir reducir la identidad de la persona a un aspecto?
–La dinámica de la disminución de potencia pasa por disminuir la multidimensionalidad de una persona a una etiqueta. Y la emancipación pasa por el desetiquetaje personal y social. No es cierto que un árabe es un árabe, que un negro es un negro, que una mujer es una mujer. Es una sociedad absolutamente disciplinada, absolutamente formateada. Nadie quiere estar en los claroscuros porque es muy complicado. Sufrir está considerado una disidencia, porque esta sociedad nos propone la alegría y la juventud eternas. Entonces, hay algo ahí que antes se aplicaba a los locos y ahora se generalizó: se etiqueta, se vigila.

–¿Cómo se articulan las pasiones tristes con los miedos  de hoy?
–La idea de “todo para ser feliz” es una idea totalmente reaccionaria, porque la felicidad, en realidad, no tiene nada que ver con nada. Uno puede ser feliz o infeliz en cualquier situación. Contrariamente a lo que nos dice el biopoder o la sociedad disciplinaria, no hay condiciones para la alegría ni condiciones para la tristeza. Son procesos muy complejos, donde de repente se puede sentir la plenitud de la alegría en un pozo, y el vacío de la tristeza en un palacio. Por ese lado viene la disciplina: obedeceme y no sufrirás. Y la gente sacrifica su libertad por miedo: la sociedad de la amenaza se traduce en sociedad de la seguridad. La gente tiene miedo de sufrir, tiene miedo de estar privado, tiene miedo de estar enfermo, tiene miedo de ser atacado, tiene miedo del pedófilo, tiene miedo del terrorista, tiene miedo del gay… ¡Tenemos miedo de lo que nos rodea, pero también tenemos miedo de nuestro cuerpo y de nuestra mente! La idea es que te vas a vivir a un country con miradores y qué se yo, y mientras tanto, te metés Prozac y alcohol para calmar el enemigo interior. ¡La sociedad de la seguridad es inviable porque es absolutamente imposible que un organismo tenga como objetivo el equilibrio: el equilibrio orgánico es la muerte!

–Otro de los temas del libro, es el abandono de una educación fundada en el deseo del mundo, en la promesa de futuro.  
–Hay dos cosas ahí: por empezar, como el futuro se transformó en una amenaza y nuestras sociedades tienen miedo al futuro, cristalizan en el chico la amenaza de futuro. El chico es el futuro aquí y ahora. A tal punto que, muy a menudo, a los chicos ni siquiera se los deja vivir su niñez, porque todo lo que hacen es en nombre del futuro. Es como si los chicos y los adolescentes fueran solamente futuro. Aquí viene la segunda cuestión: como el futuro es amenaza, los chicos y los adolescentes encarnan también la amenaza. Esto despierta un sadismo terrible: estamos en una sociedad muy agresiva hacia los chicos y hacia los adolescentes. No se los deja crecer ,porque crecer significa transgredir, volver a atrás, tener conflictos, hacer cosas más o menos graves. No se les deja vivir su juventud porque, como es una sociedad que tiene miedo de todo lo que se mueve, reprime la esencia misma del ser joven. Eso es una paradoja terrible porque, por otro lado, se hace la apología de la juventud: ¡todos tenemos que ser jóvenes! ¡Pero ser joven no quiere decir ser un pelotudo que consume, que está de acuerdo con el sistema, que está siempre sonriente y que obedece! Esta sociedad que adora a la juventud ha creado una imagen de joven que aplasta a la juventud. Ser joven quiere decir que el tipo o la tipa hagan su prueba, que ensayen, que se quemen, que algunos mueran y que otros vivan.  

–¿Eso explica la medicalización de los niños?
–Hay algo de esta sociedad que se expresa en el uso de la Ritalina , en el síndrome de hiperactividad. Cuando yo era chico siempre fui el rompepelotas de la clase. Pero el rompepelotas cumplía un rol orgánico: era el que no tenía miedo, por ejemplo, de la rana, era el que se levantaba a las chicas, era el más divertido… Hoy en día el rompepelotas se patologizó: es el hiperactivo. Entonces hay algo paradójico en esa intolerancia: en realidad, cuanto más la sociedad hace la apología de la juventud, más la aplasta y no la deja ser.

–¿Desde dónde se puede empezar a pensar una solución?
–Nosotros trabajamos esto como “modo resistencia” en laboratorios concretos en barrios, en ciudades. En este momento coordino una experiencia de laboratorio social, en una pequeña ciudad, en las afueras de París. Durante siete u ocho años trabajamos en una universidad popular en un barrio árabe jodido… En fin, pensamos que la forma de resistir a estas tendencias de biopoder, liberticidas, es resistir al elemento central del funcionamiento del poder actual que es la virtualización de la vida. La gente cada vez habita menos su vida, habita menos su cuerpo, porque obedece a los dictados de salud y de disciplina. Uno no habita su barrio porque en vez de mirar al vecino está mirando la televisión. La virtualización de la vida nos hace más esclavos de los nuevos dioses del Olimpo: la macroeconomía, la técnica. Como orientación, la resistencia pasa por crear lugares de territorialización de  la vida donde uno deja de pensar “el mundo” como si el mundo fuera algo que está ahí flotando, y se formula preguntas: cómo el mundo existe en mi barrio, cómo el mundo existe en mi pareja, cómo el mundo existe en mi escuela. Hay que ver que lo global solamente existe bajo formas diferentes en lo local. Efectivamente, la resistencia a eso pasa por que en las escuelas, en vez de seguir programas utilitaristas, se piense: qué significa educarnos en esta escuela, con la historia de este lugar. Esto sucedió en una escuelita de París donde hay 45 nacionalidades distintas. Una escuelita primaria donde lo único que no hay son chicos franceses. Los franceses son los profesores. Tenían un programa que venía de lo global, lo macro y que, por lo tanto, no podía más que marginalizar y poner en situación de fracaso a los chicos.  

–¿Proponés la micropolítica?
–Sí... Es también política en red. ¡Eso es fundamental! Es volver a una verdadera vida política y descolgarse un poco de la representación. Es terrible lo que cuesta que la gente haga cosas en un barrio sin esperar que la televisión venga, porque si la televisión, no viene el acontecimiento no existe. Crear la alegría, la potencia necesaria como para que la gente no necesite que el ojo de la televisión, o sea, el ojo de la globalidad esté ahí para sentirse existir. No creo que sea un modelo, pero sí creo que corresponde a prácticas concretas que se están realizando en todo el mundo. No es un deseo quimérico. Hay una resistencia sana que emerge bajo formas diversas por todos lados y todas tienen en común eso: la reterritorialización de la vida.

Fuente: Diario Tiempo Argentino
Fecha: 23 de octubre 2010
http://tiempo.elargentino.com/notas/las-formas-de-esclavitud-globalizada


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