Diario
Crítica (Edición Impresa), 31 de mayo de 2009. Buenos Aires, Argentina.
Por Josefina Licitra
El fenómeno de los
tweens: en la Argentina mueven 550 millones de pesos al año. el llamado
“factor berrinche” y cómo los captan las marcas
"Los niños de hasta 13 años determinan el
43% del consumo familiar"
Según datos del INDEC, son unos diez millones de consumidores, no importa
a qué clase social pertenezcan: todos compran. Dos tercios de las campañas
publicitarias apuntan a ganarlos como clientes. Las empresas que los
reclutan vía web y les pagan a cambio de datos. La influencia de la
tele.

Los gurúes del
marketing lo llaman pester factor o “factor berrinche”; consiste en
la capacidad que tiene un niño de quemarles la cabeza a sus padres y
conseguir que le compren aquello que quiere. El pester factor puede
darse de varias formas: el goteo insistente (“Mamá, comprame” veinte
veces por hora); el psicopateo (“Si no me lo das, no te quiero más”);
el “efecto lástima” (“Si no lo tengo, mis amigos no van a jugar conmigo”);
o el más temido de todos, la escena vergonzante del ataque de nervios
en un lugar público. No importa en cualquier caso cuál sea la variante,
lo más relevante es que el pester factor, en cualquiera de sus envases,
es hoy el corazón de un mercado que se expande en todo el mundo: el
de los tweens; los niños consumidores de entre ocho y trece años (el
término “tween” se aplica porque están “between” –“entre”, en inglés–
la infancia y la adolescencia) que sólo en la Argentina mueven más de
550 millones de pesos al año, y que en todo el mundo diseñan el 43%
de la agenda de consumo de toda una familia y, por ende, de la sociedad.
Desde que los tweens –unos
diez millones de criaturas en la Argentina, según datos del INDEC– son
tomados en cuenta por el marketing, no hay estrategia de venta ambiciosa
que no incluya en su target a un menor de edad. “Las marcas empezaron
a darse cuenta de que la franja tween es valiosísima –asegura Ivana
Vassenari, directora de Marke-Teen, la primera agencia latinoamericana
de marketing especializada en el mercado infantil y juvenil–. El mercado
infantil es tres mercados en uno: el primario, que se refiere al dinero
que los chicos gestionan directamente para comprar, por ejemplo, una
golosina. El segundo es el mercado de influencia, que es el que ejercen
sobre las decisiones de compra familiares que abarcan rubros como tecnología,
alimentación, vacaciones y artículos de limpieza. Y el tercer mercado
es el futuro, donde una empresa de artículos para adultos, como los
teléfonos celulares, trata de captar a los chicos desde una edad temprana
para transformarlos en clientes fieles de por vida”.
Los
soldaditos. ¿Cómo se hace para captar a un niño como cliente?
Las apuestas básicas que enumera Vassenari son el uso de “personajes”
para los más chicos (como el tigre Tony de Kellogg’s, la Vaca Cora de
Sancor o el conejo de Nesquik); la apuesta a las publicidades que incluyan
una pequeña historia; el marketing en los colegios (entregando muestras
gratuitas, realizando charlas –como las de Oral B hablando de la importancia
de cepillarse los dientes– u organizando concursos); y por sobre todas
ellas la colocación de productos en programas y series. Gracias a este
último recurso, novelas infantiles como Patito Feo, Casi ángeles y Floricienta
generaron una histeria de consumo que les perforó el bolsillo a los
adultos. “Hay que aclarar que el término tween no es una segmentación
por clase social sino por edad, por ende todos los chicos compran, no
importa la extracción social –explica Vassenari–. Si son de clase baja,
quizás la madre se pasa un mes privándose de muchas cosas para comprarle
las zapatillas de Floricienta a su hija. Justamente porque en estos
casos entra en juego una de las necesidades principales de los tweens,
que es el tema de la aceptación. Ellos buscan ser aceptados por sus
pares y pertenecer a un grupo. Y si no tienen determinado producto,
se sienten aislados o discriminados”.
De todos los recursos de
venta, sin embargo, hay uno esencialmente terrorífico, que, hasta el
momento, no consta que se practique en la Argentina. En su libro Consumer
Kids, los publicistas ingleses Ed Mayo y Agnes Nairn denuncian cómo
las marcas penetran violentamente la cabeza de los niños a través de
internet. “Mientras que los padres mantienen a sus hijos encerrados
para protegerlos de los maltratos de otros chicos y del peligro exterior,
terminan siendo acosados no sólo por predadores sexuales sino también
por los predadores comerciales que recogen información personal del
85% de las páginas web favoritas de los chicos”, alertan Mayo y Nairn
en la publicación.
Los autores, además, agregan
que las empresas no sólo acosan a los niños online: también los reclutan
para que sean “soldados” en la batalla de la dominación de marcas. Medio
millón de tweens en Gran Bretaña –algunos de ellos, de sólo cinco años–
fueron enlistados para investigaciones de mercado en beneficio de marcas
multinacionales como MTV, Sky TV, Coca-Cola y Nike. ¿En qué consistía
el reclutamiento? En primera instancia, los niños se anotaban vía web
para ser “informantes” y “representantes” del estilo de vida de una
marca. Acto seguido, debían llenar una infinidad de encuestas a cambio
de las cuales se les pagaba entre dos peniques y dos libras por cuestionario
respondido. Recién cuando llegaban a las 25 libras ganadas, la empresa
les mandaba el cheque. En muchos casos, los niños tenían que completar
más de cincuenta encuestas para poder ver un centavo.
Otra forma de reclutamiento
infantil consistía en pagar a miles de criaturas para que probaran comidas,
refrescos, juguetes y juegos de video, y luego los promocionaran entre
sus amigos. Mattel, por ejemplo, se valió de esta técnica para testear
un reproductor de MP3 con la marca Barbie. Para ello, reclutó a cincuenta
nenas de entre siete y once años para que difundieran el nuevo producto
entre sus amigas. En compensación, Mattel ni siquiera les pagaba con
dinero: les daba más productos.
Del
útero a la góndola. Un niño es un cliente incluso antes de
ser un niño. Esto sucede porque en marketing ya existe la categoría
“prebebé”: una franja de nonatos que efectúa su primera compra meses
antes de hacer su primera caca. ¿Cómo se le vende un producto a alguien
que todavía no nació? Haciendo publicidad en las maternidades y en los
cursos de psicoprofilaxis, y colocándoles muestras gratuitas a las embarazadas.
“Así te asegurás que, cuando nazca el bebé, ya empiece a consumir”,
sintetiza Vassenari. Dicho de otro modo: antes de que el Estado reconozca
al niño como ciudadano, mediante la inscripción en el Registro Civil,
el mercado ya lo reconoce como consumidor.
Lo que sigue, entonces, es
bastante previsible. En su libro Marketing de productos para niños,
James Mc Neal –un gurú del tema– advierte que, apenas son capaces de
mantenerse sentados (es decir, alrededor de los seis meses de edad),
los bebés son colocados en el “puesto de observación culturalmente definido:
el carrito del supermercado”. De ahí en más, se dispara la auténtica
carrera de consumo: una dinámica alocada que supo graficar muy bien
la propaganda de arroz Gallo, donde un bebé que ni sabe decir “ajó”
va cargando las cajas de producto al changuito de sus padres.
Las empresas son conscientes
de este “filiarcado” –así lo denomina Miguel González, un especialista
en marketing español– y desde hace tiempo resolvieron facilitarles las
cosas a los vástagos: en las góndolas, los productos “deseables” pasaron
de estar a un metro veinte de altura para ubicarse a los noventa centímetros.
Y en Alemania, como ejemplo, las líneas de caja están tan atiborradas
de golosinas y juguetes que los mismos padres se refieren a ellas como
“zona de terror”.
¿En qué momento llegó este
filiarcado a la Argentina? Mónica La Madrid, una de las titulares de
la empresa de investigación de mercado Markwald, La Madrid & Asociados,
encargada de realizar el informe Kiddo’s sobre consumo infantil y juvenil
para varias empresas de Latinoamérica, enumera tres variables que influyeron:
la modificación de los criterios de educación infantil: hasta hace un
tiempo se consideraba que las decisiones económicas correspondían sólo
a los adultos; los cambios en las estructuras sociodemográficas (hay
familias más chicas, hogares donde ambos padres trabajan, padres divorciados
que tratan de “compensar” el “trauma” de la separación, etc.); y una
mayor oferta de productos infantiles explicada por el crecimiento económico
y la apertura de la economía en la década del 90.
Pero por encima de todos
estos ítems hay un factor aún mayor: la aparición de los canales infantiles
24 horas. “El surgimiento de Cartoon Network en 1993, seguido un año
después por Discovery Kids y Nickelodeon, y más tarde por Fox Kids,
convirtió a los niños en una audiencia por derecho propio, y eso los
terminó de legitimar como consumidores”, advierte La Madrid. Por todo
esto es que ya existe una infinidad de multinacionales que piensa en
los niños para colocar productos que ni siquiera son para menores de
edad. Las líneas aéreas (Lan, por ejemplo) incluyen criaturas en sus
publicidades; no hay cadena hotelera que no tenga un área para chicos;
en Estados Unidos existen bancos que permiten a los niños abrir cajas
de ahorro; y por supuesto están los celulares: una vez que ingresan
en una marca, es probable que se queden en ella para siempre. Un estudio
de la consultora Global Trend Marketing pasa esta tendencia a números:
en la actualidad, dos tercios de los vendedores de todo el mundo piensan
sus campañas haciendo foco en los chicos. ¿El motivo? El gurú James
Mc Neal lo resume con honestidad brutal: “Las empresas sólo tienen dos
fuentes principales para obtener nuevos clientes –distingue–: vienen
de la competencia o vienen de la infancia”.
El
86% de los niños argentinos maneja dinero para sus gastos; el 50% tiene
celular
* El 86% recibe dinero para
sus gastos.
* Entre dinero “suelto” semanal y ahorros, estos niños manejan unos
550 millones de pesos argentinos al año, que gastan en lo que quieren
(por afuera de este monto está la influencia en la compra de otros).
* El 88 % va a locales de fast food.
* El 73% influye en las compras de alimento para sí.
* El 49% influye en la compra de alimentos para el hogar.
* El 39% tiene televisor en el dormitorio; el 69 % decide lo que ve
por televisión y el 38% mira televisión después de las 9 de la noche
los días hábiles.
* El 47% tiene celular. De ellos, el 80% lo usa para enviar mensajes
de texto.
* El 41% accede a internet todos los días, o casi
* El 58% juega videogames todos los días, o casi.
* El 32% tiene MP3 o MP4.
Fuente: Informe Kiddos 2008, realizado por Markwald, La Madrid y
Asociados (este estudio no incluye el 30-35% más pobre de la población,
y tampoco incluye niños de doce años).
OPINIÓN
Acotar
las tiranías
Juan Vasen (Psicoanalista. Especialista en psiquiatría de la infancia
y la adolescencia. Juanvasen.com.ar)
Cualquier niño que saque
hoy su DNI encontrará escrito en la tapa del documento la palabra “Mercosur”
y debajo “República Argentina”. Esta diagramación, que no es casual,
viene a subrayar algo que ya existe: los niños son antes consumidores
que futuros ciudadanos; se insertan antes en un mercado que en una nación.
Y esto trae consecuencias. El consumo, para empezar, no es una práctica
democrática: no tiene que ver con los derechos sino con el poder adquisitivo
de la gente. Y esta desigualdad genera en los chicos –por no hablar
de los adultos– una tremenda ansiedad, y muchas veces desvalorización,
porque el consumo define quién está incluido o excluido socialmente.
Quien no consume no adquiere visibilidad. Y en esta sociedad, donde
tan terrible es el hambre como el anonimato, esta invisibilidad puede
ser calamitosa. Hoy, si un chico invita a un amigo a su casa se preocupa
por ver si va a tener una consola de juego para ofrecerle al amigo.
Empieza a importar menos lo que ambos produzcan jugando juntos y más
lo que hayan comprado. Las relaciones empiezan, ya desde la infancia,
a transcurrir en un orden económico. Cabe preguntarse, entonces, cómo
queda situado un chico si no tiene qué ofrecer al mercado de lazos sociales
por afuera de un juguete. ¿Qué hacer? La frase “Papá, mamá, todos tienen
ese juguete menos yo” plantea una alianza de los chicos como consumidores.
Pero lo que no hay es una alianza de los padres, que sostenga con firmeza,
que no es dureza, un límite. Quizás un comienzo esté en intentar salir
del circuito de la culpa (de sentirse en falta cuando no se compra algo)
y meterse en uno de responsabilidad, que permita acotar las tiranías
interna y externa del consumismo. Haciendo valer otras cosas.
Foto:
Diario Crítica
Fuente: Diario Crítica