Alberto
Sileoni, secretario de Educación de la Nación, analiza la apatía con
la secundaria
como un fenómeno de época y también socioeconómico.
¿Usted
se aburría en la escuela?
—Yo siempre sufrí con las ciencias exactas. Pero era eso: yo sabía
que ahí tenía que sufrir. Estaba el mandato de bancársela, pero ahora
es distinto. Entre los chicos aparecen frases como “no me gusta” o
“me aburre”.
—Se le pide a la escuela que sea entretenida.
—Sí, pero la función de la escuela no es divertir. La escuela es una
obligación. El tema es que, a los catorce o quince años, cuando empiezan
a conducir su voluntad, los pibes creen que ya ganaron la calle y
que eso les da derecho a elegir lo que más los divierte.
Pero hablar de entretenimiento es un error. En todo caso, un docente
tiene que transmitir pasión por lo que hace. Los pibes claramente
le sacan la ficha al docente que viene sólo para cobrar y al que está
comprometido con su trabajo.
—Más allá de la rebeldía de los chicos, parece haber un deterioro
de la pertinencia del secundario. Hay padres que, aunque no les guste,
avalan la interrupción del estudio.
—Es cierto que hay un clima de época. Pero en general, en un hogar
de clase media con padres que terminaron el secundario es altamente
probable que el pibe reciba el mandato de que al menos el secundario
es innegociable. De ahí que la cuestión cultural sea importante, pero
no tanto como la socioeconómica. El problema de la deserción es internacional
y es de clase social. En cualquier país, las clases más bajas tienen
un mayor índice de deserción, no sólo por la falta de dinero, sino
por el capital cultural que se maneja en una familia de clase baja.
Hay un “accidente de la cuna”, una idea de destino que va condicionando
a esos chicos y que los educadores, debemos rechazar.
—¿Rechazar de qué manera?
—Por un lado, es fundamental una mejor redistribución del ingreso.
Y por otro, hay que hacer una reforma integral de la escuela secundaria.
—¿Qué incluiría la reforma?
—Mejorar los programas y el dictado de las clases, reducir la cantidad
de materias, y alentar la permanencia de adultos y tutores de tiempo
completo en la escuela. También hay que hacer un trabajo cultural,
porque los pibes hoy piensan que el secundario no sirve para nada.
—¿Qué relación hay entre estudios incompletos y delincuencia?
—Estrecha. En nuestro país la cantidad de reclusos que no terminó
el secundario debe ser superior al 60 y pico por ciento. Y está comprobado
que aquellos que, dentro del penal, pueden incorporarse a alguna actividad
de estudio tienen una reincidencia en delito menor que el resto.
—Usted se dedicó a la educación de adultos. ¿Por qué vuelven
los que vuelven?
—Cuando empecé, hace mucho, los que volvían eran mayores de veintitrés
años, asalariados, amas de casa. Pero hoy cambió mucho. Hay una gran
cantidad de pibes que abandonan el secundario porque quieren trabajar,
quieren ganarse un mango para las zapatillas, pero más del 60 por
ciento retoma en una educación de adultos. Contra lo que pueda decirse,
entre los pibes hay un interés que no ha decaído del todo.
En el
país, si bien el nivel de escolarización en el secundario es un 40
por ciento más alto respecto de las cifras de hace tres décadas, es
colosal la relación entre el nivel socioeconómico y la escolaridad:
mientras que el 96 por ciento del quintil más alto cursa sus estudios
secundarios, esta cifra cae al 68 por ciento en el quintil más bajo.
Hay una forma más de verlo: los del quintil más bajo recibieron, en
el año 2006, 7,8 años de educación; mientras que los del más alto
alcanzaron 13,7 años. Por eso el secretario de Educación de la Nación,
Alberto Sileoni, advierte que “el problema es internacional y es de
clase social” (ver aparte).
“El abandono del secundario es más agudo entre chicos que viven en
hogares de ingresos más bajos —confirma Ana Miranda, investigadora
del Conicet y coordinadora
del Programa Juventud de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales
(FLACSO)—. Básicamente, en las clases populares aparece la necesidad
de ingresos extra. Cuando
tienen un trabajo, los alumnos llegan cansados y, además, adoptan
una identidad más pegada a la de un adulto. Y ahí hay un problema,
porque la escuela necesita un alumno
más aniñado, en situación de aprendizaje. Ahí se dan conflictos generacionales
que, muchas veces, terminan con el abandono de la educación común.
Muchos prefieren ir a
un colegio para adultos donde se los trate como pares”.
Juan Ojea Quintana, licenciado en Ciencias de la Educación y coordinador
del área “Acompañamiento de Escuelas” del Programa de Retención y
Reingreso de Cimientos, agrega que “la changa” suele ser —a la vez—
una solución y un problema para los jóvenes. “Las ofertas laborales
los tientan bastante —explica—. Les gusta la idea de tener una luca
para comprarse ropa o un mp3, y eso los mete en una dinámica compleja,
porque las changas los hacen salir y entrar a la escuela todo el tiempo.
Tratamos de explicarles lo importante de comprar algo a largo plazo,
pero en estos contextos sociales es difícil”.
La pausa
La palabra alumno viene del griego: un alumno era alguien sin luz,
a oscuras (de ahí que la Ilustración fuera llamada Iluminismo); un
individuo que, para ver con ojos propios,
necesitaba llegar al sol de la mano de un maestro. El problema es
que ahora la idea del alumno como un sujeto de iluminación está desapareciendo.
Una investigación hecha
por el ex rector de la UBA, Guillermo Jaim Etcheverry, revela que,
si pudieran elegir, el 86% de los chicos no iríaal colegio. Además,
el 64% dice que se aburre.
Para el psicoanalista Vasen, esto se debe a que el colegio es un espacio
donde se construye lentamente el conocimiento.
Y el problema no está en la idea de “construir” ni en la de “conocimiento”,
sino en la palabra “lentamente”.
La educación exige detenerse, ir todos los días a un mismo salón,
sentarse en una misma silla, esperar el momento para hablar. A veces,
pedirle eso a un chico es pedir mucho.
“Nuestros jóvenes quieren el futuro ya, sin dilaciones —dice Vasen—.
Ya no se trata, como antes, de la pretensión de dirigir el futuro:
simplemente, quieren tenerlo.
Hay una idea de que se puede conseguir todo ahora. ¿Para qué estudiar
si los títulos se pueden comprar? Todo en la escuela flaquea ante
la tentación de la inmediatez. La
escuela siempre funcionó como aquello que uno todavía no es, pero
quiere ser. Los alumnos hablaban de ‘cuando yo sea grande’. Pero ahora
hay muchos que realizan prácticas de adultos y transforman el futuro
en un bien de mercado.
Antes se creía que el futuro te lo garantizaba la escuela, pero hace
poco tiempo parecía que te lo aseguraban las AFJP. El gran problema
de fondo de la escuela, el que lleva a deserciones masivas, es que
ya no forma ciudadanos, sino consumidores. Y cualquier producto de
consumo es descartable”.
Matías Alonso tiene 24 años y dejó el colegio a los 16. Como nunca
iba a la escuela, su
madre fue clara: "Para seguir perdiendo plata en el colegio,
hacé algo que termines", dijo.
Matías empezó a jugar al fútbol. Estuvo en las inferiores de River
y de Chacarita, pero dejó el deporte para dedicarse a la música (es
percusionista en una banda). En el medio, trabajó de ayudante de cocina,
estampador en una empresa textil y encargado de un
depósito e instalador de aires acondicionados. También probó con estudiar:
hizo un intento en una nocturna de Villa Ballester, y otro en un comercial
público también nocturno. Pero no pudo. Un tiempo atrás, abrió una
fiambrería en Villa Adelina junto a dos socios.
—No puedo agarrar los libros, estoy como negado. Me siento raro a
los veintipico con una carpeta en la mano. Y eso que terminar es muuuy
fácil. Si vas a la noche, con que
seas constante ya está. Te toman pavadas. Pero no pude. Fui a una
nocturna a la que sólo tenía que asistir, pero no pude. Me colgaba.
No puedo ser regular. Me cuesta estudiar, la constancia. Capaz que
tengo un ensayo, o me gusta ir al fútbol, o tengo que ir al almacén.
Y si tenés novia, olvidate: menos tiempo. Mi vieja me dijo: es tu
futuro. Y yo sé que tengo que terminarlo porque me voy a querer matar.
Pero bueno, con la fiambrería voy viendo. No gano fortuna pero estoy
bien.
—¿Seguís con el fútbol?
—Juego con amigos, pero ahora no puedo porque me caí. Me fisuré.
—¿Qué te fisuraste?
—No sé, algo por acá.
Matías se señala el antebrazo, y dice que algún hueso de nombre medio
raro.
Fuente: C.
actualidad a diario. Diario Crítica de la Argentina