No son pocos los maestros que se vienen preguntando infructuosamente: ¿cómo hacer para despertar el interés de los niños? ¿Qué hacer para motivarlos? ¿Cómo lograr que permanezcan sentados y tranquilos en el aula durante 80 minutos? Tampoco han sido escasas las estrategias didácticas propuestas que arrimaron a las aulas distintos especialistas en educación en los últimos años.
El problema no sólo persiste y se incrementa sino que se viene complejizando seriamente, con la reedición en el ámbito educativo de viejos discursos médico-biologistas que propician la entrada en escena, "la escena escolar", de tratamientos correctivos con estimulantes (del tipo de las anfetaminas) acompañados, en el mejor de los casos, de Programas Neurocognitivos de "Adiestramiento de la conducta" (en base a sistemas de "premios y castigos" al estilo de los que proponía Skinner).
Ahora bien, si la dificultad persiste e incluso se agrava, probablemente se deba a que se esté formulando el problema de manera inadecuada. Por esta razón, resulta válido poner a consideración otras perspectivas de abordaje.
Cambiar la pregunta
Más que focalizar la atención, por ejemplo, en encontrar la forma más rápida para hacer desaparecer las dificultades que manifiestan los alumnos, la escuela quizás, debiera preguntarse acerca de las razones por las cuales cada vez hay más niños en las aulas con problemas de atención, hiperactivos y/o con dificultades para cumplir consignas.
O, mejor aún, y teniendo en cuenta aquello de que "los niños son producto del contexto sociocultural en el que se encuentran inmersos", la escuela quizás no debiera acaso formularse la pregunta inversa, es decir: ¿por qué los niños de hoy no debieran ser desatentos, hiperactivos y desobedientes?
Si tenemos presente que el supuesto Trastorno ADHD tiene que ver básicamente con la dificultad para procesar y mediar adecuadamente la enorme magnitud de estímulos e impulsos que atraviesan permanentemente el campo de la percepción y de la acción de los individuos y de los grupos: ¿No resulta válido acaso, considerar —aunque sea en términos de "sospecha"— que muchas de las conductas que hoy se describen como "deficitarias" en el ámbito escolar tengan que ver más bien, con nuevas formas de conocimiento y comportamiento de los niños y jóvenes de hoy? ¿Por qué suponer en su lugar, que todos estos niños y jóvenes desatentos e hiperactivos padecen "a priori" de un "déficit de carácter genético o neurológico"?
A esta tendencia, no pocos especialistas en desarrollo infanto juvenil han comenzado a denominarla "patologización de la infancia". Pero parece que no se trata de un fenómeno aislado. De la mano del mismo viene asociado otro, probablemente más grave que el anterior, al que se le ha dado el nombre de "medicalización".
¿El incremento significativo de niños que, para asistir a clases, deben ser medicalizados con estimulantes y otro tipo de drogas psicoactivas, no resulta acaso llamativo? ¿No estaremos medicando a los niños por una "enfermedad" que nosotros mismos como sociedad les estamos generando? Por otra parte, ¿hasta qué punto estos trastornos pueden considerarse como un déficit exclusivo de los niños si tenemos en cuenta que los mismos, la mayoría de las veces, parecen generarse cuando ingresan a las aulas? La escuela, ¿no tendrá algo que ver?
Un grave problema
No podemos perder de vista que la escuela es una institución propia del siglo XIX que, como tal, requiere, a través de sus tradicionales propuestas, de toda una serie de condiciones de actitudes y procedimientos que son los que justamente escasean en su población de alumnos, niños y jóvenes del siglo XXI (prestar atención durante cierto período de tiempo, leer de un texto, escribir con letra prolija, etcétera) ¿Será ésta una de las tantas razones o motivos por los que este supuesto Trastorno llamado ADD/H parece estar convirtiéndose en una especie de "epidemia" a pesar que "paradójicamente" —según los especialistas en este tema— sería de origen genético?
La cuestión que estamos planteando sin embargo, y lamentablemente, no se agota en el ADD/H. El problema parece aún más grave.
Con gran preocupación, en los últimos años, venimos observando en no pocas escuelas, que los docentes intercambian información acerca de sus alumnos utilizando, casi con naturalidad, un tipo de vocabulario, plagado de términos técnicos propios más bien de una institución médico psiquiátrica que del ámbito escolar.
Sobre etiquetamientos
"Que en 5to. año hay un chico que padece panick attack, que la alumnita nueva ingresa con un diagnóstico de TGD, que en 3ro. hay dos ADD y tres disléxicos, que en 1er. grado hay dos casos de anorexia, que un TEA por allá, un ODD por acá".
Necesariamente y ante esta circunstancia nos cabe otra pregunta: ¿qué nos está pasando que no podemos acercarnos a estos niños desde otro lugar que no sea el del etiquetamiento? Es cierto que ponerle un nombre al sufrimiento en un primer momento resulta tranquilizante. Cierto es también, que las explicaciones científicas nos generan la sensación o cierta esperanza de poder ejercer algún tipo de control sobre circunstancias de vida que nos angustian profundamente. Pero convengamos que, por esta vía, la escuela se queda fuera, el docente se distancia de la problemática que padece el niño o el joven, esperando que, desde otro ámbito, desde el saber portado por "otros" profesionales, lleguen las soluciones pertinentes.
Pero las problemáticas que arrastran estos jovencitos, como sucede en general con todas las problemáticas humanas, no suelen ser sencillas y por lo tanto, tampoco admiten soluciones simples. Son situaciones complejas que requieren del abordaje, el acompañamiento y el compromiso de todos los adultos significativos de su entorno, entre ellos, sus maestros.
Mucho por hacer
Ante tanta carencia de adultos, ante tanta impotencia familiar, los docentes pueden y tienen mucho por y para hacer atendiendo en primera instancia a lo vincular, a los afectos, sin descuidar por esto los aspectos estrictamente académicos.
No nos olvidemos que las funciones cognitivas se apoyan y sostienen desde lo afectivo. Cualquier abordaje que pretenda disociar ambas aspectos (lo intelectual de lo emocional) descuidará sin lugar a dudas al sujeto, perdiendo de vista como consecuencia y en particular en estos casos, nada menos que a los niños o jovencitos.
Pretendemos aquí circunscribir y diferenciar el problema de la necesidad de una atención clínica y educativa específica y personalizada a los alumnos que lo ameriten, de la tendencia compulsiva a etiquetar de manera generalizada a niños y jóvenes a partir de diagnósticos rápidos realizados en base a "Manuales estadísticos de Trastornos Mentales" de origen americano.
Convocar a maestros y profesores a recuperar sus saberes acerca de la infancia, reconsiderando la importancia fundamental que tienen en el desarrollo infanto juvenil, y la confianza en que la palabra y el afecto no sólo permiten enseñar, también tienen poderes curativos.
Fuente: Diario La Capital
http://www.lacapital.com.ar