![]() |
||||||
|
||
|
Agencia
de Noticias Pelota de Trapo. Edición 1061. Martes 17 de julio de 2007.
Buenos Aires, Argentina Contra la “patologización” de la infancia
Al final del encuentro, más del mil profesionales -psicólogos, psiquiatras, psicopedagogos, neurólogos y educadores en su mayoría- expresaron un categórico rechazo a lo que entienden es un uso abusivo e indiscriminado de la medicación en niños y adolescentes, alertando sobre lo que representa una peligrosa “patologización” de la infancia. Esas voces de alarma, llegadas desde ámbitos y experiencias diversas, compartían una mirada sobre el niño y una conciencia sobre el respeto con que se deben abordar sus cuestiones y problemas. “¿Adónde quedaron los niños y sus vaivenes, como sujetos en permanente devenir? ¿Adónde podemos ubicar sus deseos, sus temores y sus sufrimientos? ¿Por qué suponerlos "patológicos", en lugar de pensarlos como sujetos con diferentes posibilidades, que están atravesando momentos difíciles?”, se lee en algunos párrafos del documento suscripto. Los partidarios de la medicalización (cuya consecuencia inmediata es la prescripción de medicamentos al niño) sostienen que, al tratarse de alteraciones con una base orgánica o de disfunciones neurológicas, el ADD debe ser tratado de ese modo, apuntando a “aplacar” las conductas “desadaptadas” de los niños en el ámbito escolar y mejorando su rendimiento en el aula. Sin embargo, con este criterio, se aísla al niño de su ámbito social y familiar, evitando relacionar las disfunciones, por ejemplo, con problemas como la desnutrición de la madre, los partos prematuros y tantos otros condicionamientos, todos atravesados por situaciones de desvalimiento y sufrimiento del entorno más directo. A la vez, según testimonios que se han publicado, la experiencia muestra una cierta ligereza en los circuitos para arribar a un diagnóstico de ADD, con el consiguiente descuido al suministrar medicación. Los laboratorios, por su parte, tratan de simplificar el trámite. Muchas veces, extienden planillas con extensos cuestionarios que deben llenar los docentes (o los padres) y que servirían como “prueba diagnóstica”. Saltean así el paso intermedio de la consulta clínica. Una vez más, los docentes y educadores cargan con el peso de tener que evaluar los síntomas que presentan los niños y tener que tomar decisiones que comprometen su futuro. Por otro lado, los profesionales del campo de la salud mental nos sorprendemos de que, entre tantas preguntas que traen los cuestionarios de rutina, no resulte importante indagar si el niño ha sufrido alguna pérdida significativa, si se ha sentido amenazado por un peligro inminente o acaso si ha atravesado alguna catástrofe tan común en nuestro medio, como son las explosiones, los incendios, las inundaciones y otros imprevistos. La discusión sobre el ADD se inserta en un debate más amplio: hasta qué punto una nueva categoría diagnóstica (antes se lo hubiera llamado disritmia o conducta hiperkinética) se puede imponer al modo de una reglamentación, a partir de políticas generadas o bien implementadas desde un ministerio, sin contar con el consenso de las disciplinas involucradas y sin la validación científica que se exige en los espacios académicos. La medicalización a escala masiva supone un deslizamiento en donde lo que entró como “el último grito” de la ciencia, al cabo de un tiempo de aplicación, nos muestra su crudo rostro mercantilista, con la fuerza arrolladora que tienen hoy los laboratorios. Lamentablemente, en nuestro país, esta tendencia se inscribe en la tradición de medicar a la infancia para apaciguar en ella sus potenciales conductas peligrosas. La medicación como herramienta de sometimiento y control social, en nuestro medio, no es nueva. Sólo aparece aquí bajo una nueva faceta, más sofisticada y perfeccionada. Aunque es alentador, por cierto, el rechazo que está despertando en una franja considerable de adultos comprometidos con el tema.
|